ELIANA —Elijah. —Dirigí mi mirada hacia mi hijo desde el otro lado de la mesa—. Pásame la sal por favor. —Hice un gesto. Me di cuenta de que apenas había comido cuando nana ya había terminado el suyo. Se levantó, tomando el frasco de sal en sus manos antes de acercarse a mí. Lo detuve por un segundo. —¿Está todo bien? —pregunté, mirando entre él y su nana—. Alguien tiene cara larga y poco apetito —bromeé, haciéndole cosquillas un poco en sus costados y él soltó una risa suave—. Dime, ¿qué pasa? —pregunté. Pasó sus manos por su cabeza. —Nana, ¡¿cuándo puedo volver a cazar?! —chilló y yo fruncí el ceño sorprendida. —¿De nuevo? —Me giré hacia mi abuela. —Salió con Iván durante el día. Relájate, no es un lugar tan lejos de aquí... —¡Y conseguimos el conejo que vamos a cenar! —Elijah s

