Alexander caminaba con solemnidad por los pasillos que llevaban a la casa de su abuela. Se trataba de una villa encantadora con jardines extensos, el tipo de residencia que pertenece a quienes ostentan un elevado estatus social y económico. Su rostro, como siempre, mostraba una expresión severa e impasible. Ni el sol parecía tener efecto sobre él, y nadie imaginaba que pudiera ablandarse alguna vez.
La abuela, por el contrario, era risueña. Una figura típicamente amable en los relatos, aunque solo con aquellos que ella elegía. En ese momento, no estaba entre sus elegidos. Apenas Alexander cruzó el umbral, un cenicero voló hacia su cabeza con la puntería que solo los años de resentimiento entrenado pueden proporcionar.
—¡Nieto cruel! ¡No descansarás hasta ver a tu abuela en la tumba! —exclamó mientras se dejaba caer al suelo, llorando de forma exagerada—. ¡Ah, ah, ah! ¡Yo solo quiero tener en brazos un hermoso bebé, un nieto tuyo, hijo de mi adorada Siobhan!
Alexander, ahora con un pañuelo presionando la herida para detener la sangre, observaba el espectáculo sin comprender cómo aquella hechicera había logrado seducir de tal manera a su abuela.
—Abuela, no quiero casarme con esa niña. Es maliciosa y solo sabe intimidar a Nanci. No se mere...
No logró terminar. Un nuevo grito lo interrumpió de inmediato.
—¡Ah! ¡Eres un desalmado! ¡Soy una pobre anciana! ¡Mejor será que acabe con todo ahora mismo!
Entonces tomó un cuchillo pequeño, de esos que apenas sirven para untar mantequilla. La situación rozaba lo absurdo: pretendía quitarse la vida con un utensilio sin filo. Alexander, alarmado, lo arrebató de sus manos como si se tratara de un arma letal, arrojándolo lejos.
—¿Por qué te molesta tanto esa niña? ¿Le has dado oportunidad de demostrar quién es realmente? ¿O solo repites lo que otros dicen? —preguntó la abuela, por primera vez dejando de lado los gestos dramáticos para hablar con sinceridad.
—Hice una promesa —respondió él mientras la ayudaba a levantarse y acompañarla al sofá, buscando un momento de calma—. Tú fuiste testigo de que ella me salvó la vida.
La abuela vaciló. Era cierto. Había llegado al lugar del accidente y encontró a la niña junto a su nieto, llorando, pálida pero ilesa. Él, en cambio, estaba cubierto de sangre. El mayordomo, Ramón, logró mantenerlo con vida hasta que llegó la ambulancia.
—Sí, entiendo lo que sientes. Pero Nanci no es la persona indicada para ti. No puede ocupar ese lugar —intentó convencerlo, aunque Alexander parecía decidido a no considerar otra opción que la que ya había establecido en su mente—
La vida no siempre ofrece segundas oportunidades. A veces hay que continuar el juego con las cartas que se reparten al inicio. Pero en ocasiones —raras, mágicas— alguien, en algún rincón del destino, concede una nueva oportunidad.
Siobhan, sentada en el sofá de su nueva casa, meditaba sobre ese extraño giro. Si alguien le hubiera dicho a Marta que provenía de un libro y que al morir allí renacería en otra vida, seguramente habría acabado internada por delirios. Y, sin embargo, ahí estaba. En ese universo literario, pensando en lo que fue, lo que ya no es y lo que podría llegar a ser.
Marta fue una mujer sencilla, trabajadora, pero sin grandes hazañas. Siempre vivió en el mismo departamento modesto. La pobreza era su constante, y trabajaba sin descanso solo para cubrir sus gastos básicos. Nunca logró nada verdaderamente extraordinario.
Esta niña, Siobhan, en cambio, era una auténtica genio, como dictaba la lógica narrativa. Había abandonado su brillante futuro por una familia despiadada, un hombre necio que creía toda mentira que se le dijera, y una rival digna de cada adjetivo negativo del repertorio: maliciosa, ruin, intrigante, perversa, infame… y todos los que aún le faltan.
—Sio, ¿qué vamos a hacer ahora? —preguntó Marga, sentada junto a ella mientras revisaba su teléfono.
—Esa gente piensa que me interesa su dinero. Están convencidos de que he vivido como una princesa, gracias a su gran corazón —respondió Siobhan. Su rostro brillaba, como si el descanso, la comida y el amor propio le hubieran devuelto toda su energía—. Creo que lo primero será salir a la luz. Nuestra empresa ha crecido mucho en estos años. Luego, comenzaremos con el Proyecto Revelación™.
Marga no pudo evitar mostrar una sonrisa maliciosa. Eso era justo lo que esperaba. Su amiga había creado una industria poderosa, con aplicaciones exitosas y conocimientos avanzados en inteligencia artificial. El fruto de ese trabajo no había llegado a tiempo para ayudar a su madre, pero ahora tenía otra meta.
—Es momento de rastrear las cámaras de seguridad de los lugares que frecuenta nuestra querida Nanci. Estoy segura de que encontraremos material interesante.
Se levantó con decisión, lista para buscar su computadora. Parecía que en aquel mundo una simple laptop podía obrar maravillas.
Mientras tanto, llegó un mensaje al teléfono de Siobhan. Lo leyó en silencio y, sin mirar a su amiga, comentó:
—La abuela quiere que la visite _