Capítulo 11

980 Words
El lujoso centro comercial era el escenario perfecto para todo un drama moderno. La señora Reyes tomó a la fuerza el vestido de las manos de Siobhan y se lo entregó a Nanci. —Nanci, tú eres demasiado amable. Es tu hermana la que siempre quiere quitarte todo —la mujer consolaba de manera excesiva a la joven que lloraba a mares. —Yo... sé que no soy la verdadera hija de los Reyes. Mejor me marcho de la familia, así mi hermana es feliz —sus palabras habían salido con demasiada intensidad, a un volumen elevado, por lo que todos alrededor se agolparon a observar y, más que nada, a chismear sobre lo que ocurría. —Esa mujer es muy viciosa, se nota lo malvada que es con solo mirarla —decía una de las mujeres presentes, mientras miraba de arriba abajo a Siobhan, quien observaba con ironía la teatral escena. —Todo el mundo sabe que la hija biológica de los Reyes es malvada, celosa y egoísta —se escuchó decir a otro de los presentes, ante la atenta mirada del resto de los espectadores. Marga, que hasta el momento no había dicho nada, solo tomó a Siobhan de la mano para hablarle de cerca, con tono doloroso y lastimero, y sus ojos bañados en lágrimas. —Sio... vamos, ya no sufras —decía Marga, mientras daba suaves palmaditas en su mano a modo de consuelo—. Busquemos otro vestido... ya le has dado a Nanci tu familia, tu casa, tu prometido... un vestido no hará la diferencia. La aludida solo dio un gesto de asentimiento con la cabeza, sin levantar la vista. Se veía completamente frágil, lastimera y sola, contrastando con la altivez de Nanci a pesar de su aparente docilidad. Las dos jóvenes dieron la vuelta y se miraron risueñas. Todo les estaba saliendo a pedir de boca. Y ahora, por más que le molestara, Nanci tendría que usar ese horripilante e incómodo vestido. Aunque se diera cuenta de esa realidad, ya no podría cambiar de atuendo, porque eso sería un golpe a su inmaculada imagen de mujer buena y sensata. Lo más abrumador de toda la situación era la estatua de sal que se encontraba de pie junto a Nanci. Alexander había permanecido impasible durante todo el altercado. No se había atrevido a pronunciar una sola palabra. El hombre, con el ceño fruncido, observaba la espalda de su tormento alejarse y sentía que algo seguía muy mal en su cabeza. Luego volteó la vista a Nanci, quien lloraba a su lado y sujetaba su brazo con fuerza, como esperando que él, como príncipe salvador, dijera su consabido discurso. Todo en la vida de estos personajes era teatralidad pura, y por esa razón, que alguno de ellos no actuara conforme al guion era, por decirlo de alguna manera, abrumador y preocupante. Alexander no había hecho nada porque consideraba —raro en él— que Nanci no tenía razón y que estaba siendo sumamente injusta con Siobhan, quien no le había hecho ni dicho nada como para que ella y su madre reaccionaran de esa manera. Por otro lado, Nanci esperaba que, como siempre, el hombre a su lado insultara, maltratara y hasta golpeara a Siobhan por haber sido cruel con ella. Que todo lo esperado nunca ocurriera logró sacudir los cimientos mismos de su propósito en la vida y la asustó considerablemente. Nanci, no te preocupes, Alexander no reaccionó porque no quería ocasionar escándalos frente a tantas personas. Se auto consolaba Nanci al ver, aún tieso a su lado, a Alexander. —¿Alex? —dijo por fin la joven, con voz suave y llorosa—. Yo... creo que te estoy perjudicando... no debería estar a tu lado, después de todo, Siobhan es tu prometida —sus ojos estaban bajos y llenos de gruesas gotas que amenazaban con surcar por su delicada mejilla. —No te preocupes... ella entiende —se limitó a decir el hombre, ante el desconcierto de las mujeres a su lado—. Vamos, debes probarte ese vestido que separaste para ti —terminó de decir, mientras la conducía, con su delicadeza de siempre, hacia los probadores del lugar. —Alexander, eres tan amable y bueno con mi pequeña Nanci... ustedes realmente hacen una hermosa pareja —la señora Reyes se pavoneaba junto al poderoso empresario y sacaba a relucir esa supuesta relación amorosa entre ellos—. Siobhan es la que se ha entrometido en su hermosa historia de amor... nosotros lo entendemos, hijo. Nosotros sabemos que, aunque sea mi hija biológica, es una mujer malvada... ha sido criada en el campo por personas rústicas e ignorantes. Ella no entiende a las personas de nuestra clase. Jamás podrá compararse con mi pequeña, que ha sido criada en las mejores escuelas del mundo. El largo soliloquio de la señora Reyes no dejaba lugar a dudas sobre las preferencias de la familia. Pero todos los presentes asintieron a esas palabras en conformidad, pues era de público conocimiento que la hija legítima solo había causado dolor a la adoptiva. Nanci era constantemente acosada por Siobhan, quien no dudaba en golpearla, insultarla o romper todas sus pertenencias cada vez que podía. Todo era justificado con una vida llena de carencias y la rusticidad del campo, acentuando esa vieja dicotomía de civilización contra barbarie. Quien no crecía lleno de los lujos y la refinada educación de la ciudad era, simplemente, un bárbaro, capaz de todas las atrocidades posibles. Pero esta historia estaba demasiado mal contada. Aunque todos conocían la verdad de la familia Reyes —y por sobre todo la de Nanci— muy pocos conocían la verdad de Siobhan. Todo aquello que había padecido y sufrido a manos de los Reyes, quienes se consideraban a sí mismos personas honradas, de buena familia y alto estatus, y, por ende, moralmente mejores que los demás.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD