En Leighton lo que anuncia el bello amanecer de cada día en el reino es el sonido armonioso de quince músicos que tocan al unisono el himno de Leighton. Se escucha todas las mañanas en la lejanía, más concretamente del otro lado del castillo, en la torre más alta del ala sur del castillo.
Cada nuevo día significa una oportunidad para hacer que el reino de Leighton prospere y se vuelva todavía más rico, pero desde hace unos años eso ha sido un problema. Las guerras constantes entre los reinos que tienen fronteras es un miedo que ha llevado al rey de Leighton a hacer innumerables tratados de paz con los reinos vecinos buscando evitar la guerra, pero todo a costa de nuestras materias primas: Las joyas preciosas y los metales.
Siendo el reino más pequeño de todo el continente, la familia real de Leighton corre el grave peligro de extinguirse de estallar la guerra. Y quizás cuando apenas era una niña esto era una tontería a la que no le daba mucha importancia, pues creía que el rey era súper poderoso y podría resolverlo todo, pero mientras me vuelvo mayor voy entendiendo que estamos en una completa desventaja y más cuando miro alrededor y me doy cuenta de que hace años que el heredero real a la corona no aparece luego de ir a cubrir la frontera con el reino de Trespia, y la única heredera que queda en Leighton soy yo, una mujer.
Así que ahora mismo me encuentro sentada en frente de una gran multitud que me adora y me venera por el simple hecho de haber nacido. Lamentablemente ante los ojos de los reyes no soy esa reina ejemplar que el reino ve mí, pues para el rey es más que evidente que jamás podré ser una reina ejemplar debido a mi comportamiento blando, pero a falta de otro heredero se me ha tenido que enseñar todo sobre el manejo del reino y conocimiento general sobre los demás reinos en solo dieciocho meses. Evidentemente no podré gobernar sola debido a las leyes de Leighton, pero al menos me hará una esposa cualificada para mi futuro esposo.
—Levántense para recibir a los grandes reyes de Leighton. Leonidas Primero de Leighton y Eleonora Segunda de Leighton.
Todo el pueblo grita el nombre de los grandes reyes de Leighton, y le arrojan pétalos de rosas y arroz en señal de buena fortuna y larga vida, una tradición que tiene nuestro reino desde hace cientos de años.
Hoy se celebra el vigesimoquinto aniversario de bodas de los reyes, y aunque el príncipe heredero, el príncipe Wilder, aún no ha aparecido y no se sabe nada de su pelotón, eso no limitará a mi madre, amante de que el pueblo la adore, a hacer una fiesta gigante en su nombre.
Me pongo en pie junto con los nobles que se encuentran en la ceremonia, y con una reverencia digna de una princesa heredera, les doy la bienvenida al banquete.
Según lo que he visto en otros reinos los plebeyos no suelen asistir a este tipo de banquetes, pero al Leighton ser un reino tan pequeño es necesario que parte de los plebeyos mejor acomodados de la sociedad vengan a los banquetes reales para dar la impresión de que hay muchas más personas.
Los reyes se sientan en lo alto de las escaleras, junto a ellos una silla vacía que siguen guardando para el príncipe heredero, aun creyendo que él volverá, y me dejan a mí junto a mis primos y tíos al pie de las escaleras.
Entonces empieza el banquete, los bailes y empieza a venir la gente a venerar a los reyes como si fueran dioses por todo el esfuerzo que hacen para mantener al reino de pie incluso en medio de una crisis tan grande de recursos.
Leighton se caracteriza por ser un reino bastante rico en recursos minerales y también por tener una tierra bastante fértil, tanto que las siembras se cosechan dos veces al año, pero aún así al ser un reino tan pequeña y al no tener un ejército poderoso, se mantiene subsistiendo gracias a los tratados de paz que se hacen anualmente con otros reinos. En un principio esa estrategia no funcionó, pero el rey, que a veces pienso que sería mejor estafador que rey, durante años le ha metido en la cabeza a los demás reyes que yo podría ser la próxima esposa de sus hijos.
Así que básicamente se podría decir que la razón por la cual reino sigue en pie es por las constantes mentiras de los reyes hacia otros reyes.
Desde mi lugar al pie de la escalera veo a mi madre, una mujer sumamente hermosa, saludar a su pueblo con gracia y un porte digno de la reina. Para mi mala fortuna no fui bendecida con el don de la belleza de mi madre, pero sí con la benevolencia y el amor de mi difunta abuela, la reina Eleonora Primera y la primera reina que gobernó sin casarse.
El banquete pudo haber transcurrido de la manera aburrida en la que por lo general suelo hacerlo, pero a medio baile de los reyes, en el punto más alto en el que estaban ensimismados en ellos mismos, la música se detuvo. La gente empezó a murmurar, pero de repente los murmullos se detuvieron y se escucharon varias copas cayéndose un segundo antes de que se oyera el grito ahogado de mi madre abandonando su garganta.
—¡Mi hijo! —gritó con desesperación al ver la gran cantidad de sangre que salía del cuerpo de él.
Hace poco más de un año que no lo veía, y ver su cara en ese estado me hace no reconocerlo. Realmente es él, lo sé porque los reyes se precipitaron para tomarlo antes de que su cuerpo tocara el piso.
Estoy segura de que el desmayo fue a causa de la gran cantidad de sangre que ha perdido. Pero que el príncipe estuviera en el piso moribundo no era el mayor de los problemas, porque en la entrada detrás de él se encuentra un joven con una espada ensangrentada a la que ahora le da uso de bastón. El lugar en el suelo donde toca la punta está manchaba ligeramente de sangre que escurre por esta.
Cuando lo vieron nadie en el gran salón de eventos reaccionó, hasta que mi tío, uno de los generales del ejército del rey tiró la comida que había estado masticando y señaló a aquel joven, muerto de miedo.
—¡Es el rey de Trespia! —gritó, y al instante todo huyeron despavoridos lejos de él, menos los reyes que seguían prácticamente a sus pies con el príncipe medio muerto en sus piernas.
—Rey y Reina de Leighton —los saludó con cierto tono de burla en su voz, como si realmente no los considerara reyes—. Lamento haber aparecido sin invitación, pero como venía con un m*****o de la familia real supuse que sería bienvenido.
Él empieza a alejarse de la puerta mientras se acerca a los reyes, detrás de él dejando ver una línea de guardias pertenecientes a este castillo mal heridos y en el suelo.
¿Acaso él solo derrotó a todos los guardias? ¿Qué tipo de hombre era que él? De hecho, ahora que recuerdo de dónde dijeron que era, me llega a la mente aquellas historias de un rey que portaba la maldición de ser un sangriento, maldición que todo el linaje real obtendría. Ese era su caso, un heredero hijo de un rey con una maldición que ahora era suya.
A pesar de la situación y del mal estado en que se encuentra el príncipe, el rey se pone de pie y hace una reverencia ante el rey de Trespia con sus pantalones manchados de sangre, al igual que sus manos. Mi madre parece recordar ante quién se encuentra y se apresura a ponerse también de pie.
—¿Qué lo trae por aquí, Rey de Trespia? —el rey pregunta, y podría jurar que está tan nervioso que probablemente ha olvidado su nombre.
Aquel joven alto, vestido elegantemente y con unos toques tétricos debido a las salpicaduras de sangre en su vestuario, mira alrededor de todo el banquete y luego posa sus ojos en mí. Son rojos como la sangre que hay en sus manos y espada, entonces corta el contacto visual y vuelve a su vista a los reyes.
—He venido a matarlos a todos.