Crucifícame señor

1001 Words
Dara respiro profundo, por supuesto que no esperaba que Leonardo le creyera a la primera, Benjamín ha sabido cómo guardar muy bien sus espaldas. Solo que ella esperaba que la reacción de Leonardo fuese distinta. —¡No es mentira!, todo absolutamente todo es verdad…Benjamín estuvo apunto de matarme, pero escape, esa noche dónde toque a tu puerta estaba siendo seguida por el mismo perro faldero de tu hermano, créeme que quería irme, pero tú y Teresa me brindaron algo que hace mucho no sentía, “Amor”, pensé que podía cambiar mi vida, que ilusa fui —dijo ella mientras de sus ojos salían lágrimas. Le dolía en lo más profundo de su ser sentirse así, vulnerable, aún no entendía cómo un hombre le había arrebatado hasta sus ganas de vivir. —Dara, entiéndeme, conozco muy bien a mi hermano, él siempre ha sido un hombre correcto, intachable, ha estado conmigo en mis peores momentos, y ahora vienes tú a decirme que él es un demonio disfrazado de cordero —exclamó él, mientras la tomaba de los hombros. Dara levanto una de sus manos y limpió las lágrimas que aún salían de sus ojos, sorbió su nariz y fue hasta su cartera, donde saco los documentos, ella caminó suavemente hasta donde la mirada de Leonardo la penetraba hasta lo más profundo de su ser. —Esta tarde te dije que iría por pruebas. ¡Aquí las tienes!, ahí está mi acta de matrimonio con tu hermano Benjamín, también está el certificado médico donde dicen que estoy loca, ah, también está todo lo que tú hermano me hizo formar, que afortunadamente fue poco, para todo lo que viene si él cumple con sus objetivos —dijo ella y entregando los documentos. Leonardo estiró sus manos, y por poco se va de espaldas al ver el nombre del hombre que aparecía en el acta de matrimonio. Él movía su cabeza de lado a lado, sus manos habían empezado a sudar, su corazón había empezado a sentir una gran desilusión, pues de un momento a otro, todo absolutamente todo había caído en frente de sus ojos. —¡Cómo te puedes dar cuenta, digo la verdad —dojo Dara algo indignada— . No tengo por que mentir ni inventar nada, digo la verdad. —¿Por qué te quedaste callada, cuando lo viste?, ¿Dime Dara?, ¿Por qué hasta ahora?, ¿Por qué nos hablaste conmigo?, ¿Por qué ?, ¿Por qué? quiero que me expliques, quiero poder entenderlo, quiero poder entenderte, necesito saber la verdad —dijo Leonardo, mientras sus manos golpeaban salvajemente el sofá. Dara temblaba ligeramente, ¿Acaso Leonardo no era el hombre que ella creía?. No, dijo mentalmente, ya había dado el primer paso, y no se iba a retratar, no ahora que estaba realmente enamorada de Leonardo. —Créeme que cuando lo ví aquella noche en la cena, quería salir corriendo, no volver nunca más, pero Benjamín me amenazó y como cosa rara no pude volver a huir de él, me tiene bastante vigilada, el hombre del cual me has salvado dos veces me sigue Además hace tres noches me obligó hacer algo de lo que ya había prometido no volver hacer —dijo ella. Leonardo movió su cabeza repetidas veces, era algo difícil de procesar, y cómo no, si al frente de él, tenía varios documentos y la declaración de Dara que lo hacían ver cómo el peor de los hombres. —¡Dara! Perdón, perdón por todo el daño que te hizo mi hermano, créeme que voy hacer todo lo que esté en mis manos para ayudarte a recuperar lo que es tuyo. Y te prometo que voy ayudar a sanar una a una tus heridas—dijo Leonardo mirándola a los ojos. Dara respiro profundo, ahí estaba el hombre del cual se había enamorado, ahora quedaba lo más difícil, y era enfrentar al mismísimo lucifer. —Leonardo, no quiero que Benjamín te haga daño, nunca me lo perdonaría si por mi culpa él te llega hacer daño. —Ella sabía muy bien la clase de hombre que era Benjamín, y estaba más que segura que si sabía que Leonardo intentaba algo en su contra, a él no le temblaría la mano para dañarlo. Leonardo acarició suavemente las mejillas de ella, bajó su rostro y pegó sus labios a los de ella. Aunque lo negase, Leonardo estaba librando una de sus peores batallas, se había enamorado de la mujer equivocada, quiéralo o no, Dara era la mujer de su hermano, y por lo tanto estaba prohibida para él, aunque las circunstancias fueran distintas, era desear la mujer del prójimo, y el más que nadie lo sabía. Pero ahora solo quería darle amor, el amor que ella merecía, ese mismo que le estaba carcomiendo hasta el alma. Leonardo tomó a Dara en sus brazos y la llevó hasta su habitación, en su mente y corazón solo tenía un solo objetivo, y era devorarla por completo. Leonardo depósito a Dara con mucho cuidado sobre la cama, alzó su mirada y aunque se sintió un poco intimidado por el crucifijo, solo se echó la bendición «Crucifícame señor», dijo internamente al mismo tiempo que arrancaba cada prenda de Dara y la tiraba al piso. Sus deseos estaban a flor de piel. Dara enterró sus dedos en la espalda desnuda de Leonardo, mientras sus caderas se movían al compás con Leonardo. Sus cuerpos se quemaban, era como si la llama encendida de sus corazones los estuviera quemando en vida. Leonardo bajó lentamente por el cuello de Dara beso sus pechos y los succiono sin temor alguno, mientras sus embestidas se hacían cada vez más fuertes, sus bocas chocaban al igual que sus cuerpos. Dara y Leonardo se sentían flotando sobre una nube. Sus cuerpos húmedos se tensaron, mientras llegaban al anhelado orgasmo. Leonardo se dejó caer sobre el pecho desnudo de Dara, por escasos momentos se dejaron llevar, sin darse cuenta la tormenta que se veía venir.
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