Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro de Benjamín, quien camino hacia la cama a dónde Dara estaba.
—¡Así que querías hablar con mi hermanito!, ¿Se puede saber de qué demonios querías hablar con él? —exclamó Benjamín tomando fuertemente del brazo de Dara.
—¡Suéltame!, o te aseguro que voy a gritar que el padre y la señora Teresa vendrán de inmediato —dijo ella.
—¡Óyeme bien!, no quiero que te acerques a mi hermano, una zorra como tú no tiene ningún derecho a acercarse a él, y en cuanto a mi madre ya veré la manera que no le sigas sirviendo —bufo, Dara jalo su brazo, y se soltó del agarre de Benjamín.
—Tú no tienes ningún derecho a prohibirme absolutamente nada —dijo Dara, mientras se colocaba de pie, algo si se le había metido en la cabeza, y era que no se iba a volver a intimidar de Benjamín, ya vería la manera de hablar con Leonardo, pero por ahora no se dejaría de nuevo de Benjamín.
—Claro que tengo todos los derechos, ¿O acaso se te olvida que sigues siendo mi esposa —dijo Benjamín, mientras volvía a tomar de brazo.
—Si, sigo siendo tu esposa, pero por qué para tu mala suerte no pudiste matarme, ¿O mejor dicho, bien sabes que no te sirvo muerta?, ¿O me equivoco? —vocifero Dara.
—¡Cállate maldita zorra! Aquí no hables de eso —dijo Benjamín zarandeando con mucha más fuerza a Dara.
—¡No!, por qué estoy harta, ¿Dime?, ¿Qué más quieres de mí?, ¿Acaso no te fue suficiente con todo lo que me quitaste? —exclamó Dara.
Benjamín no resistió más levantó su mano y la estampó en las mejillas de Dara, quien cayó bruscamente sobre la cama.
Teresa quien iba hacia la cocina escuchó los gritos de Dara y Benjamín, cosa que llamó su atención
—¡Benjamín, Dara!, ¿Sucede algo?, ¿qué son esos gritos?, ¡Benjamín!, estoy pidiendo una explicación —dijo Teresa mientras miraba a Dara y Benjamín que apenas podían mirarla a los ojos.
—No pasa nada madre, Dara grito porque vio un animal, y por supuesto yo también, ya sabes madre que odio a los bichos —dijo Benjamín extendiendo su brazo en el hombro de Teresa.
—¿Dara hija estás bien?. —Dara asintió, y renegó por ser tan cobarde y no hablar con la verdad.
—Benjamín hijo necesito que me acompañes, y no quiero un no por respuesta, ya sabes que a Leonardo no le interesa nada que tenga que ver con la herencia de tu padre.
Por más que Benjamín se negó terminó por acceder e ir con su madre, aunque no le gustaba para nada la idea de irse por dos días, por un lado Dara, quien quería salirse de sus manos.
La noche llegó, y ni Leonardo y mucho menos Dara quiso cenar, para Leonardo era mejor mantenerse alejado de ella, algo le estaba sucediendo, algo que jamás había sentido, ni siquiera por Adriana, la mujer que lo había hundido en lo más profundo.
A la mañana siguiente Dara se levantó más animada, Benjamín no estaba y por lo tanto al menos ese día estaría en paz, así que sin dudarlo un segundo, se colocó unos shorts una blusa de tirantes y salió hacia la cocina, hace mucho no cocinaba, y hoy quería preparar algo delicioso, y por supuesto que sería para él, para Leonardo.
Para Leonardo había Sido difícil conciliar el sueño, vaya que su cabeza estaba hecha un ocho, odio no dejaría que el resto de sus vacaciones se arruinara por su amargura. Se baño como de costumbre, se colocó su hábito.
Después de terminar de colocar su alzacuello, le llamó la atención escuchar música, hace mucho que no escuchaba, o mejor dicho, hace mucho que él se negaba a escuchar aunque sea un poco de música. Terminó de acomodarse y salió hacia el lugar donde provenía la música.
Sus ojos se abrieron de par en par al ver a Dara danzar como una estrella, sus caderas se movían de lado a lado al ritmo de la música, su cabello suelto hacia que ella luciera una figura mucho más esbelta.
Leonardo no pudo evitar sonreír, en verdad era todo una maravilla lo que sus ojos miraba. Dara, quien movía su cuerpo de lado a lado, tomó un poco de leche y bailó con ella, sin darse cuenta que al girar se iba a encontrar justo con Leonardo.
—¡Padre!, disculpa —exclamó ella al darse cuenta que había echado todo el líquido encima de Leonardo.
—Traquila no pasó nada —dijo él, mientras su mirada se clavaba en los ojos de Dara.
—¿Cómo que no pasó nada?, que tonta soy, pero en este momento arreglo todo —dijo ella mientras tomaba un trapo y limpiaba el pecho de Leonardo, ella no pudo evitar morder su labio inferior, vaya se le estaba haciendo costumbre cada vez que lo tenía cerca.
Después de limpiar todo, Dara sirvió el desayuno para los dos, está vez al contrario de las otras veces, los dos solo se miraron fijamente, sin decir una sola palabra, era como si sus miradas hablarán por sí solas.
—¡Padre! ¿Le puedo hacer una pregunta? —pregunto Dara rompiendo el silencio, que para nada era desagradable para los dos.
—Dime —dijo él, dejó los cubiertos a un lado y la miró como si ella fuese la mejor escultura en frente de sus ojos.
—¿Alguna vez usted se enamoró de alguien? —dijo Dara. —Pero que bruta soy, por supuesto que no, un hombre como usted entregado a Dios, nunca debió enamorarse —vociferó ella.
Sus mejillas se sonrojaron de inmediato, mientras en su mente sólo renegaba por la pregunta que acaba de hacer, aunque muy en el fondo ella esperaba que él dijera que sí, y que precisamente está era la primera vez que el se enamoraba de una mujer, y que por supuesto era ella.