Laia. Haber escuchado la confesión de Zoé me dejó un poco desconcertada. No pensé que su mate fuera a aparecer tan pronto, si solo tenía dieciséis años. Aunque seguía existiendo esa posibilidad, por muy pequeña que fuera. —¿Y qué haces aquí? —cuestionó Caleb, cruzado de brazos—. Deberías ir con él. —¡N-no! —Ella llevó ambas manos a sus oídos—. Yo no estoy lista para esto. —Zoé, tienes que calmarte —Le puse una mano sobre su hombro, tratando de ayudarla—. ¿Por qué no nos ayudas a terminar este banquete y nos cuentas qué pasó? Señalé toda la comida que reposaba sobre la mesita, porque era demasiada para dos personas y sabía lo glotona que podía ser Zoé. Ella se quedó viendo cada plato con una notoria hambre, ya que sus tripas la delataron y su estómago rugió por ella. Se colorizó por l

