Alanna. El día de la boda había llegado, y mi corazón latía con una mezcla de nervios y emoción. Mientras me preparaba, podía escuchar el murmullo de los invitados y el suave susurro del viento entre los árboles. El vestido blanco que llevaba puesto se sentía como una segunda piel. —¿Estás lista, mi niña? —preguntó mi padre, esperándome en la puerta de la cabaña. —¿Alguna vez te viste llevándome al altar? —reí, agarrando su brazo. —Pues, digamos que sí. Sabía que este momento algún día llegaría. —Ay, papá. Muchas gracias por estar siempre presente. —Para eso soy tu padre. Y me tendrás más presente una vez que nazcan los niños, porque su abuelo se encargará de darles diversión —comentó, con orgullo. —Estaré encantada de verlo, papá. —¡Pareces una princesa! —chilló Sofía, el

