DARKO (Catorce años) Camino por los largos pasillos de los túneles que desembocan en el sótano del convento. Me gusta venir aquí tanto como me gusta ir al jardín; aquí no hay que fingir. El olor característico de este lugar —moho, incienso rancio y ese rastro dulzón de la decadencia— me recuerda al sitio favorito de mi padre. Aquel donde se cree juez y verdugo. Aquel donde la vida de mi gemela y la de mi madre fueron arrancadas de este mundo. Aquel lugar donde perdí lo último que me quedaba de inocencia. Aquí dejé de ser un niño para convertirme en esto que soy: una cáscara llena de sombras. Respiro hondo, intentando que mis pulmones se llenen de aire, pero las paredes parecen cerrarse sobre mí; sudan humedad que cae como si fuera el sudor de un dios enfermo, agotado de mirar hacia otro

