ARISHA Me remuevo con incomodidad en el asiento, sintiendo cómo la tela áspera del hábito roza las heridas abiertas de mi espalda. Cada movimiento es un recordatorio punzante de mi propia mano. Trago con fuerza, pero mi garganta está tan seca que duele; me siento como si hubiera caminado días bajo un sol del desierto, despojada de toda humedad, deshidratada por dentro y por fuera. Observo el comedor del orfanato. Los niños comen en un silencio sepulcral, con la cabeza gacha, como si el peso de la existencia les doblara el cuello. Ya ha pasado casi una semana desde aquel encuentro con Darko en la vieja capilla del convento, y todavía siento el calor de su cuerpo irradiando contra el mío. Sigo fantaseando, reviviendo una y otra vez la sensación de sus dedos invadiéndome, la forma en que me

