La música continuaba flotando suavemente por el salón mientras Dante y Valentina seguían moviéndose entre las demás parejas. Violines, luces doradas y conversaciones elegantes alrededor, pero para Valentina todo empezaba a sentirse peligrosamente lejano porque Dante seguía mirándola así, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir hacía varios minutos. La mano apoyada sobre su cintura permanecía firme, cálida incluso a través de la tela del vestido y cada vez que giraban lentamente ella terminaba un poco más cerca de él. —No deberías decir cosas así —murmuró intentando recuperar algo de estabilidad mental. —¿Qué cosas? —Las que me obligan a dejar de pensar correctamente. Eso hizo aparecer una sonrisa mínima en el rostro de Dante. Pequeña. Real. Y Dios. Ese hombre debería es

