Miami de noche parecía una alucinación construida con neón, calor y exceso. Ocean Drive vibraba bajo luces violetas, motores rugiendo sobre la avenida y música escapando desde terrazas abiertas donde celebridades, empresarios y modelos se mezclaban como si todos estuvieran protagonizando la misma película absurda. Olivia y Valentina terminaron entrando a uno de los bares más exclusivos de South Beach después de que Olivia insistiera durante veinte minutos en que “si iban a tomar malas decisiones, al menos debían hacerlo en un lugar con buen champagne”. El interior era oscuro, elegante y sofocante de la mejor manera posible. Mármol n***o, luces bajas reflejándose sobre botellas imposiblemente caras y música electrónica mezclada con ritmos lentos que hacían vibrar el piso entero. Desde el

