La mañana siguiente en Silverstone amaneció gris, húmeda y extrañamente silenciosa. La tormenta de la noche anterior había desaparecido, pero el aire seguía cargado de electricidad, como si el circuito entero estuviera esperando algo terrible. Desde temprano el paddock volvió a llenarse de periodistas, fotógrafos y empleados corriendo entre garajes con cafés en la mano y credenciales colgando del cuello, fingiendo normalidad dentro del caos permanente que era la Fórmula 1. Pero entre Dante y Valentina ya nada se sentía normal. El trayecto desde el hotel hasta el circuito había sido incómodo de una manera casi física. Dante apenas habló durante todo el camino. Contestaba mensajes, revisaba correos y mantenía esa expresión fría que Valentina ya había aprendido a odiar porque significaba qu

