La noche cayó sobre la mansión De la Cruz como una mortaja de terciopelo, pero en el centro de mi cuerpo seguía habiendo un sol de justicia. Después del incidente en el jardín de invierno, la tía Lucrecia me había desterrado a mi habitación con una mirada que prometía represalias, aunque no sabía si serían para mi espíritu o para mi anatomía. Me pasé dos horas mirando el estuco del techo, preguntándome si mi destino era morir deshidratado por exceso de eyaculaciones o asesinado por una horda de viudas y huérfanas en celo que parecían haber despertado junto con el testamento de Rigoberto.
Mi habitación, como el resto de la casa, guardaba rastros de la mente retorcida de mi tío. Al mover una de las molduras de madera de la pared, descubrí una pequeña ranura de observación que daba directamente al pasillo. Por ella vi pasar a Don Evaristo Matamoros. El abogado caminaba de puntillas, revisando los marcos de los cuadros con una linterna sorda. Lo vi detenerse frente al retrato de la abuela, acariciando el marco como si buscara un resorte oculto. Aquel hombre no era un notario, era un saqueador esperando el momento oportuno. Su avaricia era tan palpable que casi se podía oler por encima del aroma a cera de la mansión.
Cerca de la medianoche, la puerta de mi cuarto se abrió sin previo aviso. No era un fantasma, aunque por la palidez de sus rostros, mis primas Elvira y Sofía bien podrían haber pasado por ánimas en pena. Entraron empujadas por una fuerza invisible, con las cabezas gachas y las manos entrelazadas como si fueran al matadero.
Detrás de ellas, cerrando la marcha y echando el pestillo con un clic definitivo, apareció la tía Lucrecia. Llevaba una fusta de montar en la mano —pertenencia del difunto tío, que irónicamente odiaba los caballos pero amaba el cuero— y una expresión de severidad inquisitorial que me puso los pelos de punta y la polla firme en cuestión de segundos.
—Siéntate en el borde de la cama, Julián —ordenó la tía, señalando el colchón con la fusta—. Y saca tu "herencia" al aire. Vamos a impartir una lección de moral, anatomía y disciplina que las monjas del internado olvidaron mencionar.
Obedecí al instante. Mi m*****o saltó al aire viciado de la habitación, saludando a la concurrencia con una arrogancia que contrastaba con mi creciente nerviosismo. Las primas ahogaron un gemido, clavando los ojos en mi entrepierna con una mezcla de pavor y hambre.
—De rodillas —ladró Lucrecia a las chicas.
Elvira y Sofía cayeron al suelo frente a mí. Iban vestidas con camisones blancos de seda, virginales y traslúcidos, que bajo la luz de las velas revelaban la silueta de sus cuerpos jóvenes. Era el cuadro perfecto de la perversión: el heredero entronizado y las novicias arrodilladas bajo la batuta de la viuda.
—Habéis pecado de gula y codicia —sentenció la tía, paseándose detrás de ellas y golpeando suavemente la fusta contra la palma de su mano—. Habéis intentado apropiaros de un consuelo que no os corresponde y, lo que es peor, lo habéis hecho con la torpeza de unas principiantes. En esta casa, el placer es una ciencia exacta, y vuestro tío Rigoberto no toleraba la mediocridad.
Lucrecia se detuvo detrás de Elvira y le puso la punta fría de la fusta en el cuello. La chica se estremeció.
—Tú, la mayor. La que debería dar ejemplo. Te vi en el invernadero, tragando como si fuera agua del grifo. ¿Eso te enseñaron las hermanas de la caridad? ¿A desperdiciar la bendición del linaje?
—No, tía... lo siento... —gimió Elvira, con los ojos brillando de lujuria contenida.
—Demuéstralo —ordenó Lucrecia—. Enséñale a tu hermana cómo se adora un ídolo de carne con la propiedad que exige el luto. Pero sin tocarlo con las manos. Manos a la espalda.
Elvira avanzó hacia mí arrastrándose de rodillas. Mi v***a estaba a la altura de sus ojos, palpitando con una vena que parecía un río en un mapa. Me sentía como un dios pagano recibiendo una ofrenda. La culpa que sentía por la tarde había sido reemplazada por una sensación de poder embriagadora.
—Abre la boca —dijo Lucrecia—. Y no quiero oír el choque de un solo diente. Si le rozas con un solo incisivo, te haré rezar el rosario arrodillada sobre granos de maíz hasta que amanezca.
Elvira abrió la boca y avanzó. Fue una tortura exquisita. Sin poder usar las manos, tenía que confiar únicamente en la elasticidad de su cuello y la humedad de su lengua. Me engulló con una devoción fanática. Sentí su garganta cálida envolviéndome, mientras Lucrecia narraba la escena como una suma sacerdotisa del vicio.
—Más profundo. Que toque la campanilla. Así. No te atragantes, niña; es de mala educación devolver el regalo de tu primo.
Sofía, a mi lado, miraba la escena temblando, con los pezones marcándose con fuerza en la seda blanca y una mancha de humedad expandiéndose entre sus muslos.
—Y tú, pequeña voyeur —dijo Lucrecia, dándole un golpecito seco con la fusta en el trasero a Sofía—, no creas que te vas a librar. Tu hermana está ocupada con el altar mayor, así que tú te encargarás de la sacristía.
Sofía entendió la orden. Se agachó bajo mis piernas y hundió la cara en mis testículos. Su lengua, pequeña y ágil, empezó a trabajar la zona con un entusiasmo que me hizo arquear la espalda y agarrarme a las sábanas. Era un cuadro digno del taller secreto de Rigoberto: yo, siendo devorado por dos primas mientras la viuda dirigía la orquesta con una fusta.
—¡Basta! —gritó Lucrecia de repente, justo cuando yo sentía que el mundo iba a explotar.
Elvira se separó con un sonido de succión obsceno. Ambas jadeaban, mirándome con adoración absoluta.
—Muy bien —concedió la tía, aunque su tono seguía siendo gélido—. Habéis demostrado voluntad, pero os falta técnica. Y sobre todo, os falta humildad ante la verdadera dueña de la casa.
Lucrecia se acercó a mí. Me miró a los ojos y luego bajó la vista hacia mi v***a, que brillaba roja y palpitante.
—Levántate, Julián. Túmbate en el suelo —ordenó a Elvira—. Boca arriba. Abre las piernas.
La prima obedeció sin chistar. Su camisón se subió, revelando su sexo rosado y empapado.
—Sofía —continuó la generala—, ponte a cuatro patas sobre la cara de tu hermana. Quiero que Elvira tenga una vista privilegiada de lo que se pierde por ser una codiciosa.
La estructura humana que formaron era demencial. Sofía a gatas sobre Elvira, ofreciéndome su trasero en pompa, mientras Elvira quedaba atrapada abajo, con la nariz hundida en el coño de su hermana menor.
—Julián —susurró Lucrecia al oído, mordiéndome el lóbulo con fuerza—, penetra a la pequeña. Y quiero que la mayor lo vea todo. Que huela el sexo, que se ahogue en el deseo de lo que no puede tener todavía.
Me coloqué detrás de Sofía. Apunté a su entrada, que estaba tan húmeda que mi v***a entró con un sonido acuoso y vulgar.
—¡Ay! —gritó Sofía.
—¡Silencio! —la cortó Lucrecia, dándole un fustazo en una nalga—. Los gemidos hay que ganárselos con esfuerzo.
Empecé a bombear con una fuerza que no sabía que tenía. La visión era infernal: mi vara desapareciendo dentro de Sofía rítmicamente, y abajo, los ojos desorbitados de Elvira, que no podía apartar la vista de la unión mientras la lengua de su hermana goteaba fluidos sobre sus labios. Lucrecia caminaba alrededor de nosotros, corrigiendo nuestras posturas con la punta de la fusta, tocándose los pechos por encima de la bata, visiblemente encendida por su propio poder.
—¡Me corro! —avisé, sintiendo el volcán a punto de erupcionar.
—¡Fuera! —ordenó Lucrecia—. ¡Sácala!
Obedecí por puro reflejo.
—¡A la cara de la mayor! —gritó la tía—. ¡Bautízala con el sello de los De la Cruz!
Disparé el chorro de semen caliente directamente sobre el rostro de Elvira, que cerró los ojos y abrió la boca, recibiendo la lluvia como si fuera maná sagrado. Sofía se desplomó sobre ella y las dos quedaron allí, una pila de extremidades blancas y fluidos, jadeando como animales después de una cacería.
Lucrecia se acercó a mí y me limpió suavemente con el borde de su bata de seda.
—Buen chico —susurró, dándome un beso casto en la mejilla que olía a peligro—. Has sido un instrumento muy útil para la educación de estas impías.
Se giró hacia las chicas, que empezaban a desenredarse avergonzadas.
—Ahora, a vuestras habitaciones. Y rezad tres avemarías por vuestras almas cochinas, aunque dudo que el cielo quiera escuchar a unas guarras como vosotras esta noche.
Las primas salieron corriendo, tropezando entre ellas. Lucrecia me miró una última vez antes de salir, con esa sonrisa torcida que me helaba y me calentaba la sangre a la vez.
—Descansa, Julián. Mañana vendrá el abogado Matamoros a leer el testamento. Y tengo la sensación de que, después de esto, vas a necesitar estar muy despierto para defender tu parte... o lo que quede de ella después de que Evaristo ponga sus garras sobre la herencia.