La tormenta había convertido el jardín de la mansión De la Cruz en un pantano gótico, un laberinto de setos donde el barro se tragaba los pasos y el viento aullaba entre las ramas de los cipreses. Don Evaristo Matamoros, protegiendo su calva con un paraguas que parecía robado de un cóctel gigante, nos guiaba con la urgencia de quien persigue un tesoro pirata. No miraba si Lucrecia tropezaba o si las niñas pasaban frío; sus ojos solo buscaban el rastro de la herencia en la penumbra.
Detrás de él marchábamos en una procesión de vicio y humedad: la tía Lucrecia, cuyo vestido de seda negra se adhería a su cuerpo revelando cada curva bajo la lluvia; las primas Elvira y Sofía, tiritando y agarradas del brazo, con los pezones marcando el norte a través de las blusas transparentes; Valeria Vixens, que caminaba sobre el barro con tacones de aguja con la elegancia de una depredadora; y yo, Julián, cerrando la comitiva y rezando para que la próxima trampa de mi tío no incluyera una guillotina para mi entrepierna.
—¡Es aquí! —gritó el abogado, deteniéndose frente a una glorieta cubierta de hiedra y moho.
En el centro se alzaba una estatua de mármol verdoso. Representaba a una ninfa de proporciones generosas, inclinada hacia adelante en una postura que cualquier moralista condenaría, pero que cualquier pornógrafo aplaudiría. La ninfa miraba hacia atrás por encima del hombro, con una expresión tallada que oscilaba entre el éxtasis místico y el estreñimiento crónico.
—La Ninfa de la Abundancia —presentó Evaristo, iluminando la figura con su linterna. Lo vi acariciar la base de mármol con una codicia casi táctil—. Rigoberto la mandó esculpir basándose en ciertos... recuerdos de juventud. Es una obra maestra de la ingeniería hidráulica oculta.
Valeria se acercó a la estatua, pasando su mano de uñas rojas por la cadera de piedra fría. Sacó un papel del escote de su blusa, que ahora era una segunda piel translúcida. Su voz ronca compitió con los truenos:
—"Solo la sangre de mi sangre, firme como la justicia y larga como mi agonía, podrá penetrar la verdad y abrir el camino al oro".
Todos se giraron hacia mí. Sentí que el frío de la lluvia era combatido por el calor súbito que subía a mis mejillas y a mis bajos. Mi "vara", reaccionando al peligro y a la proximidad de Valeria, ya estaba dando señales de vida, golpeando rítmicamente contra la tela mojada de mi pantalón.
—Está claro —sentenció Lucrecia, empujándome hacia la estatua con un desprecio maternal—. Tienes que usarla, Julián. Tu tío era un pervertido con delirios de ingeniero. Mira ahí.
Señaló la parte trasera de la ninfa. Justo donde la espalda perdía su casto nombre, había un orificio perfectamente circular, oscuro y profundo. No era un defecto del mármol; era una cerradura orgánica diseñada por la mente retorcida de Rigoberto.
—Ni hablar —protesté, retrocediendo—. Eso es piedra fría. Voy a cogerme una neumonía en el glande. Además, el abogado dijo que había trampas. ¿Y si hay cuchillas ahí dentro? ¿Y si el tío quería castrar al heredero por puro despecho?
Don Evaristo se encogió de hombros, sin apartar la vista del maletín que esperaba llenar.
—El testamento menciona un "riesgo de pérdida". No especifica la magnitud de la amputación. Pero sin el cilindro que hay dentro, nadie cobra un centavo.
Valeria se acercó a mí por la espalda. Sentí sus pechos firmes aplastándose contra mi espalda mojada y sus manos bajando hacia mi cinturón con una rapidez que me dejó sin aliento.
—Vamos, semental —me susurró al oído, mordiéndome el lóbulo—. Si te la cortan, prometo guardarla en un frasco de cristal en mi escritorio. Sería un trofeo magnífico.
La mezcla de terror, la lluvia helada y el calor del cuerpo de la secretaria provocaron la reacción mecánica habitual. Mi polla, desafiando toda lógica de supervivencia, se puso dura como el mismo mármol de la ninfa. Valeria me bajó los pantalones y el calzoncillo con un movimiento experto. El aire frío golpeó mi piel, pero mi m*****o era una antorcha de carne ardiendo en la oscuridad del jardín.
—¡Virgen Santa! —exclamó Sofía, santiguándose mientras miraba fijamente mi erección—. Cada vez que la veo parece haber crecido un palmo. Es un milagro genético.
—Menos rezos y más lubricación —ordenó Lucrecia—. ¡Métela, Julián! ¡Por el patrimonio familiar!
Me acercaron a la ninfa. La piedra estaba resbaladiza por el agua. Me agarré a las caderas de mármol y alineé mi "vara" con el orificio. El agujero estaba a la altura perfecta. Cerré los ojos, invoqué a todos los santos patronos de la urología y empujé con fuerza.
La entrada fue ajustada, áspera al principio, pero luego sentí un cambio de textura. El interior estaba recubierto de algo parecido al caucho engrasado. De repente, sentí un clic metálico en la base de la estatua. Un zumbido eléctrico comenzó a vibrar a través del mármol, transmitiéndose directamente a mi entrepierna con una intensidad aterradora.
—¡Se mueve! —chilló Elvira, inclinándose para ver mejor.
No era la estatua lo que se movía, sino el mecanismo interno. Sentí cómo el orificio se contraía alrededor de mi v***a con la precisión de una prensa industrial. Empezó a succionar. Un pistón neumático oculto en las entrañas de la ninfa comenzó a ordeñarme con una potencia rítmica y mecánica.
—¡¡Aaaahhhhh!! —bramé, intentando sacarla, pero la ninfa me tenía atrapado como un cepo de piedra—. ¡Me está devorando! ¡Es una trampa de succión industrial!
—¡No te muevas! —gritó Valeria, que parecía estar examinando el proceso con una fascinación profesional—. ¡Tienes que terminar el ciclo de descarga o el mecanismo no liberará la llave! ¡Dale lo que quiere, Julián!
Era una locura: estaba siendo follado por una obra de arte mecánica en medio de una tormenta, mientras mi familia y un abogado corrupto miraban la escena. Las vibraciones eran tan intensas que me castañeteaban los dientes. El mecanismo interior giraba y apretaba, simulando una garganta de piedra perfecta. El placer se acumuló en mis riñones como una carga de dinamita a punto de estallar.
—¡Ya va! —avisé, agarrándome a la cintura de la ninfa como si fuera mi único anclaje al mundo real.
Me corrí. Fue una eyaculación de proporciones épicas, un sacrificio biológico a los dioses de la ingeniería perversa de Rigoberto. Sentí cómo el mecanismo tragaba cada chorro, procesando mi ADN para validar el acceso. El zumbido se detuvo de golpe. Un sonido de engranajes oxidados resonó en el jardín y, con un clac metálico final, la ninfa me liberó.
De la boca de piedra de la estatua no salió un grito, sino un pequeño cilindro de metal dorado que cayó directamente al barro.
Don Evaristo se lanzó a por él con la agilidad de una rata hambrienta, ignorando que se estaba manchando su traje caro.
—¡La primera parte de la combinación! —gritó el abogado, alzando el cilindro dorado con una sonrisa maníaca—. ¡El oro de los De la Cruz empieza a aparecer!
Yo me dejé caer hacia atrás, con la polla roja, palpitante y echando vapor por el contraste térmico, totalmente expuesta a la lluvia. Valeria se acercó, se agachó y me miró con una sonrisa depredadora mientras me cubría con un pañuelo de seda.
—Impresionante rendimiento, heredero —dijo, pasándome la mano por el muslo—. Has violado a la Ninfa y has sobrevivido. Tu tío estaría orgulloso de tu... resistencia mecánica.
Las primas me miraban con una mezcla de horror y envidia hacia la estatua, mientras Lucrecia examinaba el cilindro en manos de Evaristo con un gesto de triunfo.
—Este es solo el comienzo —dijo el abogado, guardando la pieza en su bolsillo y mirando hacia la mansión con ojos de fuego—. La siguiente pista nos lleva al sótano, a la sala de calderas. Y según el testamento, allí abajo la prueba requiere "capacidad pulmonar y flexibilidad moral absoluta".
Un trueno retumbó sobre nuestras cabezas, subrayando la amenaza. Miré a Valeria, que me guiñaba un ojo bajo la lluvia, y supe que mi "vara" iba a tener que hacer muchas más horas extra antes de que esa herencia fuera mía.