El entierro del tío Rigoberto cumplió con todas las expectativas de un evento social deprimente: lluvia fina que calaba hasta los huesos, zapatos de charol hundiéndose en el barro y un discurso del párroco que duró más que la última erección del difunto. Yo permanecí al pie de la fosa con la cabeza gacha. El resto de la familia pensaba que era por respeto o pena, pero en realidad intentaba ocultar las ojeras violáceas que me había dejado la maratón nocturna con la viuda y el terror de que Don Evaristo Matamoros me estuviera leyendo el pensamiento.
El abogado estaba allí, a pocos metros, bajo un paraguas n***o inmenso. No miraba el ataúd; miraba el carruaje de la tía Lucrecia y luego me miraba a mí, jugueteando con la cadena de su reloj de bolsillo. Había algo en su mirada, una mezcla de cálculo y envidia contenida, que me hacía sentir como si yo fuera una de las propiedades en litigio que aún no habían sido tasadas.
Cuando la última palada de tierra cubrió el féretro de Rigoberto, la tía Lucrecia, oculta tras un velo tan denso que parecía llevar una pequeña tormenta privada sobre la cara, me tomó del brazo. Su agarre fue firme, casi doloroso, con las uñas clavándose a través de mi levita.
—El aire fresco del cementerio me está matando, Julián —susurró con esa voz teatral que reservaba para el público mientras se apoyaba en mí con una fragilidad fingida—. Llévame al carruaje. Necesito recogimiento y... espacio para procesar esta pérdida.
Nos subimos a la berlina familiar. Era una estructura de madera oscura y hierro forjado, un vehículo que olía a encierro, a cuero viejo y a flores pasadas. El resto de la familia se acomodó en los coches de atrás. El cochero, un hombre sordo y tan discreto como una tumba, chasqueó el látigo y los caballos arrancaron, haciendo que el carruaje comenzara a traquetear sobre los adoquines irregulares del camino.
Apenas las ruedas empezaron a girar, Lucrecia se arrancó el velo y el sombrero con la furia de quien se quita una mordaza. No había lágrimas en sus ojos, solo un fuego oscuro y una urgencia mecánica que me hizo tragar saliva.
—Cierra las cortinas de terciopelo —ordenó.
Obedecí. La penumbra invadió el habitáculo, convirtiéndolo en un confesionario profano sobre ruedas. Sentí cómo la "vara" de mi herencia, que a esas alturas pedía a gritos un armisticio, reaccionaba por puro instinto al aroma de Lucrecia. Mi sentimiento de culpa cristiano empezaba a ser devorado por una curiosidad mórbida: si el tío Rigoberto había diseñado esta casa como un templo del vicio, ¿qué secretos escondería este carruaje?
Lucrecia se recostó en el asiento frente a mí. El traqueteo de la berlina hacía que sus pechos rebotaran rítmicamente bajo la seda negra. Se abrió de piernas de manera obscena, permitiendo que la montaña de enaguas se desplegara como un abanico fúnebre.
—Me siento vacía, sobrino —dijo, deslizando una mano enguantada por su bajo vientre—. Tu tío me ha dejado un hueco que el pésame no puede llenar. Un vacío hidráulico, Julián.
—Es... es el duelo, tía —tartamudeé, sintiendo cómo mi v***a se ponía en posición de firmes al oír el crujido de los resortes del carruaje—. El vacío se cura con el tiempo.
—Déjate de metáforas —me cortó, incorporándose de golpe para sentarse a mi lado. El carruaje dio un bandazo al coger un bache y ella aprovechó la inercia para caer sobre mi regazo—. El tiempo es dinero, y yo no tengo paciencia. Sabes perfectamente qué tipo de vacío tengo. Y sabes con qué se llena.
Sus manos se metieron bajo mi levita con la precisión de un carterista experimentado. Liberó a la bestia. Mi polla salió disparada, agradecida por el aire, cabeceando con cada movimiento de la suspensión del carruaje. Lucrecia soltó una risita baja, casi animal.
—Míralo —murmuró, acariciando la cabeza del m*****o con el pulgar—. Está llorando la muerte de su amo. Mira cómo lagrimea.
Se levantó las faldas en una operación compleja de ingeniería textil. Cuando terminó, la visión fue gloriosa: su coño, blanco y amplio, brillaba con una humedad que desafiaba el clima lluvioso del exterior. Se montó sobre mí sin preliminares. Fue una penetración brusca, forzada por la gravedad y el movimiento del carruaje. Solté un gruñido que se mezcló con el rechinar de los ejes de hierro.
—¡Ay, Julián! —exclamó ella, echando la cabeza hacia atrás mientras el carruaje cogía velocidad—. ¡Qué bárbaro eres! ¡Me partes en dos, animal!
El carruaje era nuestro cómplice mecánico. Cada bache del camino, cada piedra, cada irregularidad del terreno empujaba a Lucrecia hacia abajo, clavándola más y más en mi estaca de carne. Ella no tenía que esforzarse; era la física de la berlina la que nos follaba.
—¡Es el tío! —jadeó ella con una sonrisa perversa, mientras rebotaba sobre mí—. ¡Es Rigoberto! ¡Desde el más allá está empujando los resortes! ¡Quiere que su viuda esté bien atendida en su último viaje!
La imagen era tan grotesca como excitante. Me agarré a sus caderas, sintiendo el latido de su sangre bajo el luto, y empecé a ayudar a la máquina, empujando hacia arriba cada vez que el carruaje bajaba. El olor a almizcle y a cuero se volvió embriagador.
—¡Sí! ¡Así! —gritaba ella, susurrando para no alertar al cochero—. ¡Lléname, maldita sea! ¡Sácame el luto a empujones!
Su coño estaba hirviendo, apretando mi v***a con contracciones rítmicas que amenazaban con ordeñarme el alma. Yo la miraba —el maquillaje perfecto, el pelo n***o suelto, la mirada de depredadora— y comprendí que el miedo ya no era mi emoción principal. Era el hambre. Una herencia de hambre que el tío Rigoberto nos había legado a todos.
—Tía... no aguanto... —avisé, sintiendo la descarga acumulándose en mis riñones. El traqueteo constante del carruaje me estaba llevando al límite.
—¡No te atrevas a parar! —me amenazó, mordiéndome el cuello—. ¡Quiero que te vacíes entero dentro de la viuda! ¡Quiero sentir el peso de tu herencia!
En ese momento, las ruedas traseras cogieron el bache más grande del condado de la Cruz. Lucrecia salió despedida hacia arriba y cayó con una fuerza brutal, tragándose hasta la raíz de mi m*****o. El impacto fue el detonante. Exploté.
Me corrí con una intensidad que me dejó sordo por un segundo. Sentí cómo la vida se me escapaba a borbotones dentro de ella, mientras Lucrecia aullaba contra mi hombro, mordiendo la solapa de mi traje para ahogar sus gemidos de placer. Se convulsionó sobre mí, apretándome con una fuerza que creí que me arrancaría la polla de cuajo, y luego se derrumbó, inerte y pesada sobre mi pecho.
El carruaje siguió su marcha, indiferente a la pequeña muerte que acababa de ocurrir en su interior.
Estuvimos así un rato, envueltos en el sonido de la lluvia golpeando el techo de madera y nuestras respiraciones entrecortadas. Lucrecia, con la cara escondida en mi cuello, empezó a reírse. Era una risa floja, casi triunfal.
—Julián... —dijo, incorporándose y limpiándose con sus propias enaguas de encaje—. Creo que nunca he sentido un pésame tan... profundo. Tu tío estaría orgulloso de tu fortaleza.
Se arregló el vestido y volvió a colocarse el sombrero y el velo con una rapidez asombrosa. Cuando el carruaje se detuvo frente a la mansión y el cochero abrió la puerta, la tía Lucrecia descendió apoyada en mi brazo, la viva imagen de la fragilidad y la devastación.
—Gracias, querido —dijo en voz alta para que los criados y el abogado Matamoros, que acababa de llegar, nos oyeran—. Tu apoyo en este trayecto ha sido fundamental. No sé qué habría hecho sin tu... entereza.
Yo asentí, solemne, sintiendo cómo el "apoyo" se me pegaba a la pierna por dentro del pantalón. Vi a Don Evaristo observarnos desde la entrada, su mirada fija en el carruaje que todavía se balanceaba ligeramente sobre sus resortes. Supe entonces que la verdadera batalla por la herencia no se libraría con papeles, sino con carne, sudor y el tipo de secretos que solo se comparten en la oscuridad de una berlina en movimiento.