CAPÍTULO 4: LA MADEJA DE LA VIUDA

1709 Words
El día siguiente al entierro amaneció con esa calma chicha y pegajosa que solo se respira en las casas donde alguien acaba de estirar la pata y los vivos ya están contando los cubiertos de plata. La mansión De la Cruz parecía un escenario de película de suspense, llena de sombras alargadas y suelos que crujían como si el tío Rigoberto estuviera intentando caminar desde el sótano. Yo, Julián, caminaba por los pasillos con las piernas abiertas como un vaquero del oeste, cortesía de las rozaduras que me había dejado la "cabalgata fúnebre" en la berlina de la tarde anterior. Mi tía Lucrecia no bajó a desayunar. Según la doncella, la señora estaba "indispuesta por la pena". Yo, sabiendo que la única indisposición posible era el agujetas en los aductores y el olor a mi simiente que seguramente aún perfumaba su lencería de luto, me unté mantequilla en la tostada con una sonrisa cínica que me empezaba a salir de forma natural. Mientras desayunaba, vi por el ventanal a Don Evaristo Matamoros paseando por el jardín. El abogado no miraba las flores; examinaba los muros de la mansión con una libreta en la mano, golpeando los ladrillos con el mango de su bastón como si buscara un hueco oculto o una caja fuerte. Su presencia era una mancha de grasa en el cuadro del luto; estaba claro que el tipo sabía que Rigoberto no solo guardaba secretos espirituales. A media mañana fui convocado. —La señora le espera en la sala de costura —anunció la criada con voz lúgubre—. Dice que necesita su ayuda para unas labores de caridad. Entré en la sala de costura, un invernadero acristalado lleno de helechos y luz natural que olía a lavanda y a hormonas reprimidas. Lucrecia estaba sentada en una butaca baja de terciopelo, vestida con una bata de seda negra que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel luctuosa. Tenía las piernas cruzadas de tal manera que la seda se tensaba sobre sus muslos, dibujando un mapa topográfico de vicio que yo ya conocía de memoria. —Cierra la puerta, Julián —dijo sin levantar la vista de sus agujas de tejer, que chocaban con un tintineo mecánico y rítmico—. La ociosidad es la madre de todos los vicios, y he decidido tejer bufandas para los huérfanos de la parroquia. Necesito que me sostengas la madeja. Me acercé, hipnotizado por el movimiento de sus manos y el escote generoso que se abría y cerraba con cada respiración. Me ofreció una madeja de lana negra, gruesa y áspera. —Arrodíllate aquí, frente a mí —ordenó, señalando la alfombra persa—. Como un buen monaguillo ante su altar. Obedecí, extendiendo los brazos para que ella colocara la lana en mis manos. Quedé a la altura perfecta. Mi nariz estaba alineada con sus rodillas, y mis ojos, traidores y hambrientos, se clavaron en la oscuridad que se intuía bajo el dobladillo de su bata de seda. El sentimiento de culpa intentó asomar la cabeza, pero fue aplastado por la imagen de Lucrecia cabalgando sobre mí en el carruaje. Ella ya no era mi tía; era mi iniciadora en la ingeniería del placer. Lucrecia comenzó a ovillar. Sus movimientos eran lentos, deliberados. El hilo pasaba de mis manos a las suyas, creando un vínculo tenso entre nosotros. Pero entonces, la "labor de caridad" dio un giro previsible. Mientras ovillaba, estiró una pierna. La punta de su zapatilla de raso n***o, adornada con un pompón fúnebre, rozó mi entrepierna. Presionó. —¿Estás tenso, sobrino? —preguntó con voz inocente, mientras su pie empezaba a masajear el bulto que ya golpeaba contra la tela de mi pantalón—. Te noto... rígido. ¿Es que el trabajo para los pobres te altera los nervios? —Es la postura, tía —mentí, tragando saliva. Mi v***a, ignorando el contexto cristiano, se estaba poniendo dura como el mármol de una lápida de primera clase. —Mmm... —murmuró ella. Dejó caer el ovillo a medio hacer sobre la alfombra, pero no retiró el pie. Al contrario. Con una destreza que no se aprende en las escuelas de monjas, deslizó el pie hacia arriba, buscando la costura, frotando con el talón la cabeza de mi m*****o que latía desesperado. —Parece que el luto te sienta bien, Julián. Tienes una vitalidad... insultante. Casi parece que quieras profanar el recuerdo de tu tío con esta insolencia que llevas entre las piernas. Sin previo aviso, separó las piernas. La bata se abrió como el telón de un teatro prohibido. No llevaba ropa interior. Allí estaba otra vez, esa visión gloriosa y húmeda, enmarcada por ligueros negros que sujetaban unas medias de seda oscura hasta medio muslo. Era una ofensa a la decencia y un monumento a la lujuria que Rigoberto seguramente había financiado en vida. —Mira lo que le haces a tu pobre tía —susurró, señalando con la aguja de tejer hacia su propia entrepierna, donde un brillo húmedo delataba su excitación—. Estoy empapada de tristeza. Podría ahogar a esos huérfanos con mi propia pena. Solté la lana. Ya no importaban los huérfanos, ni el abogado que merodeaba fuera, ni el cadáver que se enfriaba bajo tierra. Lucrecia se inclinó hacia adelante, me agarró por las orejas con fuerza y hundió mi cara en su regazo. El olor era embriagador: una mezcla de almizcle, perfume caro y el aroma metálico y salado del sexo reciente. —Cómeme —ordenó—. Límpiame la tristeza de una vez. Mi lengua salió disparada, encontrando su clítoris con el hambre de un náufrago. Era grande, duro, exigente. Lucrecia soltó un gemido que hizo vibrar los cristales del invernadero y echó la cabeza hacia atrás, clavando los dedos en mi pelo con una urgencia que me hizo comprender que ella también estaba poseída por el legado del tío. Lamí, succioné y mordisqueé con una furia animal. Bebí de ella como si sus fluidos fueran el único refrigerante capaz de apagar el incendio que me recorría la sangre. Pero Lucrecia siempre quería más. Me empujó hacia atrás, se levantó de la butaca y, con una fuerza sorprendente, me dio la vuelta, dejándome tumbado boca arriba en la alfombra persa. —Ahora te toca a ti sufrir un poco —dijo con una sonrisa perversa. Se subió la bata hasta la cintura y se colocó sobre mi cara, sentándose a horcajadas pero mirando hacia mis pies. Tenía una vista panorámica de su trasero, dos lunas llenas y pálidas que rebotaban ante mis ojos, y justo en el centro, su entrada trasera, rosada y fruncida, que parecía desafiar mi propia moralidad. —Sácatela —ordenó sin mirarme, mientras sus manos buscaban su propio placer. Me bajé los pantalones y liberé mi polla, que estaba a punto de estallar de pura presión hidráulica. Lucrecia, sin usar las manos, se agachó hacia atrás con una elasticidad demoníaca. Sentí su pelo rozando mis muslos, y luego, su boca caliente y voraz engullendo mi glande de un solo golpe. La sensación fue eléctrica. Mientras yo me perdía en los pliegues de su vulva y exploraba su trasero con mis dedos, ella me hacía una garganta profunda que desafiaba las leyes de la anatomía. Su lengua era un torbellino, sus mejillas hacían el vacío, y sentía cómo su garganta masajeaba cada centímetro de mi carne con una maestría que solo se adquiere tras años de práctica oculta. Era un 69 fúnebre y grotesco. La viuda y el sobrino, devorándose mutuamente en la sala de costura, rodeados de lana negra y bajo la mirada de los antepasados retratados en las paredes, que parecían observarnos con una mezcla de horror y envidia. —¡Más profundo, Lucrecia! —grité, ahogado por sus muslos macizos. Ella respondió apretando más, succionando con tal fuerza que sentí que me iba a sacar el alma por la punta del nabo. Mis caderas se arqueaban involuntariamente buscando el fondo de su garganta. Ella gruñía, vibrando sobre mi boca, y su coño se contraía contra mi lengua, empapándome la barbilla con su esencia. —¡Me voy...! —avisó ella con la voz distorsionada por tener la boca llena. Se corrió violentamente, estremeciéndose y apretando los muslos alrededor de mi cabeza como un cepo de carne. Bebí sus fluidos mezclados con el sabor de mi propia lujuria. Y en ese preciso instante, incapaz de resistir la succión industrial que me estaba practicando, yo también exploté. Disparé mi carga directamente en su garganta. Lucrecia no se apartó. Al contrario, empujó hacia abajo, tragándose hasta la última gota, ordeñándome con espasmos rítmicos de su garganta mientras yo gemía y pataleaba en el suelo. Cuando terminamos, ambos quedamos tirados en la alfombra, jadeantes, sudorosos y enredados en la lana negra que se había esparcido por todas partes durante la batalla. Parecíamos dos moscas atrapadas en una telaraña de vicio. Lucrecia se incorporó lentamente, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano. Me miró desde arriba, con esa mezcla de desprecio y deseo que empezaba a serme familiar. —Vaya desastre —dijo, mirando la lana enredada en mi erección que empezaba a bajar—. Los huérfanos tendrán que esperar. Parece que el luto requiere más... mantenimiento de lo previsto. Se puso de pie, se ajustó la bata y recuperó su porte aristocrático en un segundo. —Recoge esto, Julián —ordenó, señalando el caos de lana y fluidos—. Y lávate la cara. Tienes aspecto de haberte comido la herencia entera. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir. Se giró, y vi una chispa de humor n***o en sus ojos. —Por cierto, sobrino... tienes lana negra pegada en los huevos. Parece que guardas luto hasta en las partes más recónditas. Muy considerado de tu parte. Tu tío Rigoberto estaría... entretenido. Salió de la sala, dejándome allí, enredado y felizmente exhausto, pensando que si esto era el luto, la vida eterna iba a ser un infierno muy divertido. Al mirar por el cristal, vi la sombra de Evaristo Matamoros pasar de nuevo. El abogado seguía buscando algo, pero yo ya había empezado a encontrar el verdadero tesoro de los De la Cruz.
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