La recepción posterior al entierro se había convertido en un campo minado de canapés rancios y parientes lejanos que solo aparecían cuando olían la herencia. Mi tía Lucrecia, majestuosa en su papel de viuda negra, presidía el salón recibiendo el pésame con una mano mientras con la otra sostenía una copa de jerez que bajaba a un ritmo alarmante. Yo me sentía como un héroe de guerra anónimo, observándola desde una esquina y saboreando el secreto de que, bajo ese vestido de luto riguroso, su cuerpo aún guardaba el calor y el rastro pegajoso de mi reciente desempeño en la sala de costura.
En medio del murmullo hipócrita, divisé a Don Evaristo Matamoros. El abogado estaba apoyado contra una columna, fingiendo leer unos documentos, pero sus ojos de comadreja no dejaban de seguir los movimientos de Lucrecia. Lo vi fijarse en una pequeña llave de latón que ella llevaba colgada al cuello, disimulada entre las cuentas de un rosario de azabache. Evaristo se lamió los labios y anotó algo en su libreta. Aquel tipo no buscaba justicia, buscaba el mapa del tesoro, y yo empezaba a sospechar que yo era la brújula involuntaria.
Fue entonces cuando las vi entrar. Eran las hijas de la tía Gertrudis, mis primas Elvira y Sofía, recién llegadas del internado de monjas para el funeral. Elvira, la mayor, tenía dieciocho años y una mirada que sugería que había aprendido en el convento cosas que no estaban en los libros litúrgicos. Sofía, un año menor, era más bajita y rellena, con esa inocencia peligrosa de quien parece no romper un plato pero es capaz de incendiar la vajilla entera por puro aburrimiento.
—¡Julián! —chilló Elvira, abalanzándose sobre mí con un abrazo que me permitió comprobar que el luto no le impedía usar un corsé de los que levantan a los muertos.
—Pobre primo —añadió Sofía, dándome dos besos húmedos que olían a chicle y a confesionario—. Debes estar destrozado. Mamá dice que el tío Rigoberto era tu mentor en todo lo importante.
—Sí, bueno... —balbuceé, intentando no mirar el escote de Elvira, que se abría como una invitación al infierno cada vez que suspiraba—. Me enseñó muchas cosas. Aunque las lecciones más intensas las estoy recibiendo ahora, por mi cuenta.
Elvira me miró con una curiosidad felina, arqueando una ceja perfectamente depilada.
—Te veo cambiado, Julián. Tienes un brillo... diferente. Y caminas como si llevaras un sable oculto en la pernera. ¿Te ha dado un ataque de importancia por ser el heredero?
—Es la tensión acumulada —mentí, aunque mi v***a, al oír sus voces juveniles y sentir la proximidad de carne fresca que no olía a naftalina, empezaba a desperezarse—. Oigan, aquí hay demasiada gente vieja oliendo a incienso y muerto. ¿Por qué no vamos al jardín de invierno? El tío tenía un sistema de riego automático muy peculiar que me gustaría inspeccionar.
Las primas aceptaron encantadas, aburridas de escuchar los lamentos de las beatas. Nos escabullimos hacia el jardín de invierno, una estructura de cristal y hierro forjado donde la humedad y el calor creaban un microclima tropical. Era otro de los laboratorios del tío: las plantas exóticas crecían con una exuberancia antinatural, alimentadas por un sistema de tuberías de cobre que siseaban como serpientes mecánicas.
Apenas cerramos la puerta, el ambiente cambió. El sonido de la recepción quedó amortiguado y nos envolvió un silencio verde, pesado y cargado de hormonas.
—Qué calor hace aquí —dijo Sofía, abanicándose con la esquela del tío—. Casi no se puede respirar. Siento que el vestido se me pega a la piel.
—Es el diseño de Rigoberto —expliqué, haciéndome el interesante mientras me aflojaba la corbata y sentía cómo el sudor me corría por la espalda—. Él creía que el calor húmedo favorecía la apertura de... las flores.
Elvira soltó una carcajada que hizo vibrar los cristales.
—¡Por favor, Julián! Si el tío Rigoberto era más frío que un pez de hielo. Mamá dice que la tía Lucrecia debía aburrirse como una ostra en esa cama señorial.
—No creas todo lo que dicen las malas lenguas —repliqué, sintiendo una punzada de orgullo por mis recientes encuentros con la viuda—. A veces, las mujeres de esta casa guardan secretos... muy profundos.
Me senté en un banco de piedra, abriendo las piernas para acomodar el bulto que ya era imposible de disimular. Elvira, que tenía ojos de águila para lo prohibido, se fijó al instante. Se acercó con un paso lento, casi ritual.
—Oye... —dijo, señalando mi entrepierna con el abanico—. ¿Qué llevas ahí? ¿Te has guardado una botella de jerez para pasar el mal trago del entierro?
Sofía miró también, y sus ojos se abrieron como platos, perdiendo toda la fachada de niña de internado.
—¡Madre mía! —exclamó la pequeña—. Eso no es una botella. Eso tiene forma de... de pecado.
—Es el peso del linaje, primas —sentencié, decidiendo que la timidez no me servía de nada en esta mansión de lobos—. La herencia maldita de los De la Cruz.
Elvira se arrodilló frente a mí, fascinada y temeraria.
—¿Puedo verlo? —preguntó en un susurro—. En el internado, sor Piedad nos habla del "diablo tentador" para asustarnos, pero nunca nos ha enseñado uno que abulte tanto. Dice que es rojo y tiene venas como serpientes.
Miré hacia la casa por los cristales empañados. Nadie nos veía, excepto quizás las estatuas de piedra del jardín. Sin más palabras, me bajé la cremallera. El sonido del metal al abrirse fue como un disparo en medio de la jungla artificial. Liberé a la bestia. Mi polla salió al aire húmedo, dura, venosa y arrogante, cabeceando ligeramente como si saludara a las nuevas visitas.
Las dos hermanas soltaron un grito ahogado al unísono.
—¡Santo cielo! —susurró Sofía, llevándose una mano a la boca—. Es... es enorme. Parece el brazo de un bebé.
—Es preciosa —corrigió Elvira, extendiendo una mano temblorosa para tocarla. Apenas rozó el glande con la punta del dedo, mi v***a dio un salto reflejo que las hizo retroceder un centímetro.
—¡Está viva! —se rió Sofía, con una mezcla de miedo y fascinación.
—Claro que está viva —dije, sintiendo cómo la sangre me hervía—. Y tiene mucha hambre de consuelo familiar.
Elvira, demostrando que su educación religiosa le había dado una paciencia infinita para las procesiones, agarró el tronco con firmeza. Su mano estaba fresca, un contraste delicioso con mi calor.
—Está ardiendo, Julián. Tienes la fiebre del pecador —dijo con una sonrisa maliciosa—. ¿Cómo se baja esta fiebre en el mundo real? ¿Con paños fríos o con algo más... húmedo?
—Con saliva —gruñí, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo de piedra—. Mucha saliva bendita.
Las dos se miraron. Hubo un instante de complicidad táctica entre hermanas.
—Yo pido la cabeza —dijo Elvira, lanzándose al ataque con la boca abierta.
—¡Eso no vale! —protestó Sofía—. ¡Tú siempre te quedas con la mejor parte de los postres!
—¡Callaos y compartid! —ordené, sintiéndome como un sultán entre las orquídeas del tío—. Hay herencia para las dos. Es un buffet libre de duelo.
Lo que siguió fue un caos de lenguas, manos y risitas sofocadas. Elvira chupaba la punta con una técnica que delataba muchas horas de práctica con velas en el convento, mientras Sofía se dedicaba a lamerme los huevos con la dedicación de un gato aseándose bajo el sol. Yo estaba en la gloria, viendo a las dos primas vestidas de n***o, arrodilladas en el suelo del invernadero, rindiendo pleitesía a mi virilidad mientras el resto de la familia rezaba el rosario a pocos metros.
—¡Cuidado con los dientes! —advertí cuando Sofía se entusiasmó demasiado con el tronco.
—Sabe a... sabe a hombre de verdad —dijo Elvira, separándose un momento con un hilo de saliva plateada colgando de sus labios—. Sabe mucho mejor que las hostias de la comunión.
Estaba a punto de perder el control cuando la puerta del invernadero se abrió con un chirrido metálico.
Las primas se congelaron. Yo me quedé paralizado, con la v***a expuesta y brillante de saliva.
Era la tía Lucrecia.
Estaba de pie en el umbral, con su copa de jerez en la mano y una expresión de severidad que me heló los testículos por un segundo. Miró la escena con una calma aterradora: yo desparramado en el banco y sus dos sobrinas arrodilladas entre mis piernas con las bocas culpables.
El silencio fue absoluto, solo roto por el goteo de una tubería de Rigoberto. Elvira y Sofía se pusieron de pie de un salto, intentando alisarse las faldas con las manos temblorosas.
—Tía... nosotras... —empezó Elvira, roja como un tomate.
—Solo estábamos... dándole el pésame a Julián —improvisó Sofía, con una excusa tan mala que casi me dio lástima.
Lucrecia avanzó lentamente. Sus tacones resonaban en las baldosas. Se detuvo frente a nosotros, miró mi v***a, que seguía tiesa y orgullosa a pesar del susto, y luego miró a las chicas con un desprecio casi profesional.
—Veo que la caridad cristiana corre por las venas de esta familia —dijo con voz de seda y acero, antes de dar un sorbo a su jerez—. Pero sois unas aficionadas. Se nota que en el internado solo os enseñan a mover la lengua para rezar.
Las primas la miraron, confundidas y aterrorizadas.
—Marchaos al salón —ordenó Lucrecia, señalando la puerta con la mirada—. Decid que me he quedado rezando por el alma del difunto. Y limpiaos la comisura de los labios, niñas. Tenéis restos de "herencia" en la barbilla y vuestra madre podría sospechar.
Las primas salieron corriendo como si hubieran visto al mismísimo demonio, dejándome a solas con la viuda. Lucrecia cerró la puerta tras ellas y echó el pestillo. Se giró hacia mí, y una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en sus labios.
—Vaya, vaya, Julián —murmuró, acercándose y dejando la copa sobre una maceta de orquídeas—. Parece que te estás volviendo muy popular entre las jóvenes. Pero no olvides quién es la verdadera dueña de esta vara.
Se arrodilló en el mismo lugar que acababan de dejar mis primas, apartando con desdén las huellas de sus rodillas.
—Esas niñas no saben nada de la vida, ni de cómo se llora de verdad a un muerto —dijo, agarrando mi m*****o con una posesividad que me hizo temblar—. Deja que tu tía te enseñe cómo se extrae el veneno de la pena con propiedad.
Y mientras la música fúnebre seguía sonando a lo lejos, Lucrecia me demostró que, en esta mansión de secretos, la experiencia siempre era la llave maestra.