Nueve meses después, la mansión De la Cruz nunca volvió a conocer el silencio.
Don Evaristo Matamoros no recuperó su licencia de abogado, pero encontró una paz extraña en su nueva vocación. Vive en una caseta de lujo en el jardín, lleva un collar de cuero con su nombre grabado y es el "perro guardián" más fiel de la tía Lucrecia. Se encarga de limpiar sus zapatos con la lengua y de dar fe, desde el suelo, de las nuevas travesuras de la señora.
Valeria Vixens asumió la gestión total del patrimonio. Multiplicó la herencia invirtiendo en una cadena de clínicas de fertilidad y en una línea de juguetes sexuales mecánicos inspirados en los bocetos del tío Rigoberto. Sigue siendo mi mano derecha en los negocios y mi boca preferida en los momentos de ocio.
Elvira y Sofía dejaron el internado para siempre. Ahora viven en el ala este, dedicadas a organizar fiestas donde el luto es solo una excusa para desnudarse más rápido. Los gemelos de Elvira y la niña de Sofía crecen sanos, rodeados de una riqueza obscena y una moralidad inexistente
¿Y Lucrecia? Mi tía es la reina absoluta. Gobierna la casa con puño de hierro y fusta de cuero. Sigue vistiendo de luto, dice que le da un aire de misterio que me mantiene siempre listo para el servicio doméstico.
Yo, Julián, el dueño de la Vara, vivo en un estado de agotamiento perpetuo y felicidad absoluta. A veces, por las noches, paso frente a la estatua de la ninfa y le guiño un ojo al mármol frío.
—Gracias, tío Rigoberto —susurro, acariciándome la entrepierna que siempre está alerta—. Tu muerte fue el mejor negocio de mi vida.
Me giro y camino hacia el dormitorio principal, donde las cuatro me esperan para "revisar las cuentas". El deber me llama, y tiene voz de mujer insaciable.