La muerte del tío Rigoberto fue, por decirlo con la delicadeza de un mármol fúnebre, un evento tan trágico como inoportuno para la costura de mis pantalones. Yo acababa de cumplir dieciséis años, una edad en la que el cerebro es un órgano vestigial y la sangre tiene la mala costumbre de exiliarse del hemisferio norte para acumularse en el ecuador del cuerpo con la presión hidráulica de una manguera de bomberos atascada.
Mi nombre es Julián, y aunque por entonces poseía una presencia que ya empezaba a inquietar a las beatas del vecindario, bajo la cintura cargaba con una deformidad genética que mi tía Lucrecia, la viuda reciente y desconsolada, pronto bautizaría como "el garrote del diablo".
A pesar de mi corta edad, mis 184 centímetros de estatura me obligaban a mirar a la mayoría de mis parientes desde una altura privilegiada. Tenía un cuerpo esbelto, de músculos firmes que se adivinaban bajo el traje de luto, y una piel canela que parecía haber absorbido el sol de mil veranos, creando un contraste casi pecaminoso con el n***o riguroso de mi vestimenta. Mi cabello, rizado y n***o como el azabache, me caía en cascadas rebeldes hasta la mitad de la espalda, dándome un aire de salvajismo contenido que chocaba con la solemnidad del funeral.
El velorio se celebraba en la sala principal de la mansión de la familia De la Cruz. Todo era de un n***o absoluto: las cortinas, los trajes, el ataúd y, por supuesto, el humor de los presentes. El ambiente olía a una mezcla nauseabunda de incienso, flores muertas y la avaricia contenida de los parientes lejanos. Entre la multitud destacaba Don Evaristo Matamoros, el abogado de la familia, un hombre esférico y calvo que no dejaba de acariciar su maletín de cuero mientras escaneaba las molduras de oro de la sala con ojos de usurero.
Yo libraba una batalla campal contra la sarga de mi pantalón. Fruncía mis cejas pobladas sobre mis grandes ojos de color n***o intenso, intentando concentrarme en las oraciones del sacerdote, pero la visión de mi prima Elvira llorando sobre el féretro hizo que mi fe se desmoronara. El vestido de encaje n***o se le pegaba a las nalgas cada vez que se inclinaba, revelando curvas que gritaban pecado original. Mi v***a, completamente indiferente al rigor mortis del tío Rigoberto, latía con una vitalidad insultante.
Fue entonces cuando sentí la mirada gélida de la tía Lucrecia. Se acercó a mí, oliendo a agua de rosas y autoridad. Sus ojos recorrieron mi mentón prominente y mi expresión de falsa inocencia antes de bajar a mi entrepierna.
—Julián —susurró con voz de sargento mayor—, sígueme al despacho de tu tío. Tienes una falta de respeto abultada que necesita un correctivo inmediato.
Caminé detrás de ella, intentando ocultar mi bulto con el sombrero de copa del difunto. Entramos en el despacho, una habitación oscura donde las cabezas de ciervos parecían juzgarme. Lucrecia cerró la puerta con llave y se giró. Sus ojos no buscaron mi cara, sino directamente el bulto que parecía saludarla militarmente bajo la tela.
—¡Insolente! —bramó, aunque noté que se le dilataban las fosas nasales con un interés nada piadoso—. Tu tío enfriándose en la sala contigua y tú aquí, portando esa obscenidad como si fuera un asta de bandera en día de fiesta nacional.
—No puedo evitarlo, tía —balbuceé, sintiendo que mi piel canela se encendía de calor—. El alma me pesa tanto que empuja hacia abajo.
—¿El alma? —Lucrecia soltó una carcajada seca—. Eso es el pecado original intentando escapar. Bájate los pantalones. Ahora. Es una orden de luto.
Los pantalones cayeron a mis tobillos. Mi cuerpo, largo y de fibras marcadas, quedó expuesto. Mi v***a saltó al aire libre, tiesa y venosa. Lucrecia ahogó un grito, acercándose con una mezcla de horror y fascinación científica.
—¡Virgen Santa! —exclamó, mientras su mirada oscurecía al ver el contraste de mi piel oscura con el mármol del escritorio—. Es monstruosa. Rigoberto jamás tuvo una herramienta de labranza de este calibre.
Sin previo aviso, agarró mi m*****o con una mano enguantada en encaje n***o. El tacto áspero contra mi piel sensible me hizo soltar un gemido que resonó contra los lomos de las enciclopedias. Me empujó hacia el escritorio de caoba. Quedé recostado, con mis firmes músculos tensos y mi cabello rizado desparramado sobre la madera oscura. Lucrecia se levantó las faldas de seda negra; no llevaba nada debajo. Su sexo se presentó ante mis ojos como una selva húmeda.
—Mira lo que me obligas a hacer, sobrino —dijo ella, trepando sobre la mesa—. Tengo que sofocar este fuego con mi propia agua bendita.
Sin más preámbulos, dejó caer su peso sobre mí. Su coño, caliente como el infierno, engulló mi "garrote". Lucrecia follaba con rabia, como si quisiera vengarse de la muerte misma. Me apretaba las tetas contra la cara, sofocándome, mientras sus nalgas blancas golpeaban rítmicamente contra mis caderas de piel canela.
—¡Entra! ¡Entra todo, demonio de carne! —gritaba ella, con los ojos en blanco—. ¡Lléname con tu culpa!
Yo estaba en un trance de puro instinto. Mi v***a entraba y salía de esa caverna voraz con la fuerza de una prensa hidráulica.
—¡Tía! —logré escupir el pañuelo que me había puesto en la boca—. ¡Me voy a correr!
—¡Hazlo! —rugió ella, aumentando el ritmo—. ¡Córrete en nombre de tu tío! ¡Hazlo por él, que nunca supo darme lo que esta vara me está dando ahora!
Sentí la descarga eléctrica y disparé mi carga. Fue un torrente que inundó las entrañas de la viuda. Lucrecia gritó, se contrajo sobre mí ordeñándome hasta la última gota, y luego se desplomó sobre mi pecho jadeante. El silencio volvió al despacho.
—Julián —dijo ella después de un minuto, incorporándose y alisándose el vestido—, te has comportado de manera deplorable.
Me miró con severidad, aunque sus ojos negros seguían brillando de hambre. Se arregló el cabello frente al espejo y caminó hacia la puerta.
—Límpiate con las cortinas si hace falta —ordenó sin mirar atrás—. Aún queda el entierro. Si vuelvo a ver esa cosa levantarse hoy, te juro por la tumba de Rigoberto que aprenderás lo que es la verdadera disciplina familiar.
Salió del despacho, dejándome allí, con el cabello desordenado y el escritorio empapado. Sabía dos cosas con certeza: que el tío Rigoberto estaba definitivamente muerto, y que mi vida como "inocente" acababa de ser enterrada junto con él en aquel escritorio de caoba.