CAPÍTULO 2: EL ROSARIO DE CARNE

1623 Words
Regresar al salón del velorio con los calzoncillos pegajosos y la dignidad en el subsuelo fue una prueba de fuego para mis dotes actorales. Mientras caminaba entre las viejas beatas que rezaban el rosario con un zumbido de abejas narcotizadas, sentía que en la frente llevaba un letrero de neón que decía: "Recién Follado". Mi prima Elvira seguía llorando, pero ahora, en lugar de provocarme una lujuria distante, su llanto me parecía una banda sonora ridícula para la tragedia griega que acababa de ocurrir sobre el escritorio de su padre. En un rincón, Don Evaristo Matamoros, el abogado, sostenía un reloj de bolsillo de oro —otro de los extraños mecanismos que el tío Rigoberto coleccionaba— y lo examinaba con una lupa de joyero, ignorando por completo el dolor ajeno. Lo vi acariciar la caja del reloj con una avaricia que me dio escalofríos; parecía más interesado en los quilates de la herencia que en el alma del difunto. Sus ojos de comadreja se cruzaron con los míos por un segundo y sentí que no solo miraba mi cara de culpa, sino que calculaba el precio de mi silencio. La tía Lucrecia, por su parte, era la imagen viva de la Dolorosa. Sentada junto al ataúd, recibía el pésame con suspiros lánguidos y ojos llorosos, aceptando abrazos y palmaditas en la espalda con una elegancia imperial. Nadie, absolutamente nadie, sospecharía que hacía quince minutos esa misma boca, ahora contraída en una mueca de pesar cristiano, había estado engullendo mi v***a como si fuera el último trozo de pan en una hambruna. Cuando nuestros ojos se cruzaron por encima de la tapa del féretro, ella no parpadeó. Me lanzó una mirada que atravesó el humo de los cirios; una mirada que decía: "Esto no ha terminado, mocoso". Sentí un tirón en los huevos que me recordó que la tregua era solo una fachada. La cena fue un suplicio de hipocresía. Sopa de fideos y un silencio sepulcral que solo se rompía por el sorbido de la tía Gertrudis. Yo intentaba comer, pero mi mente volvía una y otra vez al despacho, a la humedad de Lucrecia y a la extraña mención que ella había hecho sobre el "taller de reparaciones" del tío. Recordé los rumores sobre el sótano, ese lugar donde Rigoberto se encerraba durante días para fabricar sus "inventos de ocio". La culpa me carcomía: ¿estaba profanando el luto o simplemente reclamando una herencia de vicio que siempre estuvo ahí, latente en las paredes de esta mansión? —Julián, te veo pálido —dijo Lucrecia de repente, rompiendo el silencio con esa voz de mando camuflada de preocupación maternal—. Deberías subir a descansar. Esta noche será larga y el duelo agota... ciertas reservas. No necesité que me lo dijera dos veces. Subí a mi habitación, cerré con llave —iluso de mí— y me tiré en la cama, rezando para que el cansancio venciera a la testosterona. Me desnudé, quedándome solo en calzoncillos, y observé a mi "amigo". Estaba dormido, flácido, una simple lombriz inofensiva. "Bien", pensé. "Descansa, guerrero. Mañana será otro día". Craso error. No había pasado ni media hora cuando escuché el clic metálico de la cerradura. Alcé la cabeza, alarmado. La puerta se abrió y la silueta de Lucrecia se recortó contra la luz del pasillo. Ya no llevaba el pesado vestido de sarga, sino un camisón de seda negra transparente que dejaba muy poco a la imaginación y mucho a la taquicardia. Sus pezones, oscuros y duros como balas, apuntaban directamente a mi moralidad. —Tía... yo... cerré con llave —balbuceé, cubriéndome el paquete con las manos. —Tengo llave maestra de todas las puertas de esta casa, Julián —respondió ella, cerrando tras de sí con un sonido seco—. Tu tío era un hombre desconfiado; llenó esta casa de cerraduras y pasadizos. Y yo soy la que ahora guarda las llaves. Se acercó a la cama. No había rastro de la viuda afligida; era una depredadora en su territorio. Se sentó en el borde del colchón y el peso de su cadera hizo que yo rodara ligeramente hacia ella, como si la gravedad también estuviera de su parte. —No puedo dormir —susurró, deslizando una mano fría por mi pecho hasta llegar al abdomen—. La cama de tu tío está muy vacía, y el frío de la muerte se me ha metido en los huesos. Necesito calor. Necesito... consuelo. —Tía, esto es pecado, es... —intenté protestar, pero mi v***a, esa maldita oportunista, ya estaba despertando, golpeando contra la tela del calzoncillo como un preso en un motín—. El padre Anselmo dijo que el respeto al difunto... —Shhh... —me puso un dedo en los labios—. El pecado es dejar que algo tan vigoroso se desperdicie. Además, estoy aquí para terminar lo que empezamos. Para asegurarme de que el demonio ha salido del todo de tu cuerpo. De un tirón, me bajó los calzoncillos. Mi polla saltó liberada, dura como una barra de hierro, cabezona y venosa, apuntando hacia su barbilla con una insolencia que me asustó a mí mismo. Lucrecia sonrió, una sonrisa lasciva y hambrienta que me hizo comprender que ella no buscaba consuelo, sino combustible. —Mira nada más —murmuró, agarrándola con firmeza y empezando a masturbarme con movimientos lentos y tortuosos—. Es una bestia indomable. Una hidra de carne. Le cortas la cabeza y vuelve a escupir fuego en menos de una hora. Se inclinó y, sin previo aviso, lamió el glande con una lentitud exasperante. Sentí una descarga eléctrica que me hizo arquear la espalda contra el cabecero de la cama. Su lengua era experta, trazando círculos alrededor del frenillo, saboreando el líquido preseminal como si fuera néctar sagrado. —¡Oh, Dios! —gemí, agarrando las sábanas con los nudillos blancos. —Dios no tiene jurisdicción en esta habitación, sobrino —dijo ella, antes de meterse la cabeza entera en la boca. Lo que siguió fue una clase magistral de succión. Lucrecia no chupaba; ella devoraba. Hacía un vacío con sus mejillas que me hacía sentir que me iba a sacar el alma por la uretra. Sus manos masajeaban mis testículos mientras su garganta profunda acomodaba cada centímetro de mi carne. Yo estaba paralizado, viendo cómo esa mujer respetable, ese pilar de la comunidad que por la tarde lloraba en el velorio, se convertía en una ramera insaciable bajo la luz de la luna. Cuando estuvo satisfecha con la rigidez de mi mástil, se levantó el camisón y se montó encima de mí. La vista de su coño, abierto, rosado y brillante de humedad, justo encima de mi cara, fue el golpe final a mi maltrecha culpa cristiana. —Bésalo —ordenó. Obedecí. Mi lengua encontró su clítoris, una perla dura y sensible que palpitaba con cada una de sus respiraciones. Lucrecia soltó un gemido que resonó en las paredes de la habitación. Se restregó contra mi boca, empapándome la cara con sus jugos potentes, un sabor almizclado que me embriagó por completo. —Ahora, adentro —gruñó. Se levantó un poco, agarró mi polla y la alineó con su entrada. Se dejó caer con fuerza, empalándose hasta el fondo de una sola vez. El sonido de nuestra carne chocando fue obsceno, un impacto húmedo que pareció retumbar en toda la mansión. —¡Joder, Lucrecia! —grité, olvidando los protocolos familiares. —¡Dime así, maldito seas! —gritó ella, empezando a cabalgarme con un ritmo frenético—. ¡Fóllame como si el mundo se acabara con tu tío! ¡Rómpeme el luto! Sus tetas rebotaban frente a mis ojos, hipnóticas y pesadas. Me agarré a ellas con desesperación, amasándolas, mientras ella gemía y maldecía en voz baja. Era una cabalgada salvaje. Lucrecia se movía con la urgencia de quien ha pasado años hambrienta al lado de un hombre frío, girando las caderas y exprimiéndome la vida con sus músculos vaginales. Sentí que la presión en mis huevos llegaba al punto de no retorno. La "vara" estaba a punto de estallar. —¡Lucrecia! —avisé, con la voz rota—. ¡Ya viene! ¡No puedo aguantar más! —¡Dámelo todo! —aulló ella, inclinándose hacia adelante para que su sudor cayera sobre mi pecho—. ¡Lléname de tu leche sucia! ¡Preñame de culpa! Me corrí con una violencia que me dejó ciego por un segundo. Disparé chorro tras chorro dentro de ella, sintiendo cómo mi esencia inundaba su útero. Ella gritó al sentir el bombardeo caliente, contrayéndose espasmódicamente alrededor de mi v***a, ordeñándome hasta dejarme temblando sobre las sábanas empapadas. Se desplomó sobre mí, jadeante. El olor a sexo llenaba la habitación, denso y pesado, mezclándose con el aroma a flores muertas que subía del salón. Lucrecia levantó la cabeza y me miró. Tenía el pelo revuelto y los labios hinchados. Sonrió, y vi en ella una chispa de la locura que seguramente compartía con el tío Rigoberto. —Bien —dijo, bajándose de mí con una agilidad sorprendente—. Mañana tenemos que ir al cementerio. Necesito que estés fuerte, Julián. Tengo la sensación de que el camino de regreso será... muy movido en el carruaje. Cerró la puerta y volvió a echar la llave desde fuera. Me quedé solo, mirando al techo, con la polla doliendo deliciosamente. Pensé en el tío Rigoberto y en el abogado Evaristo, que seguramente a esa hora seguía contando monedas en su mente. El viejo había dejado una herencia mucho más complicada y húmeda de lo que nadie hubiera imaginado, y yo, el sobrino inocente, acababa de convertirme en el albacea de sus deseos más oscuros.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD