CAPÍTULO DOS Amethyst subió por las escaleras en dirección a su habitación. Cooper no pudo apartar su mirada de ella, ni intentándolo. Mandó un silencioso agradecimiento a su ángel guardián por haberla enviado a la posada de su familia. Nunca antes una mujer tan encantadora había entrado al lugar. Al principio, su rostro familiar lo había dejado sin palabras y finalmente le tomó cada gramo de control encontrar las palabras. Cuando la vio por primera vez, pensó que tal vez la había imaginado. Ella tenía unos magníficos rizos de medianoche que caían sobre sus hombros. Sus penetrantes ojos verde oliva lo mantuvieron cautivo durante unos breves segundos. Observarla hizo que se preguntara si su posada estaba realmente embrujada, como lo afirmaba la tradición local. Le tomó unos cuantos segundo

