Vladimir era grande a los ojos de su país, ante los ojos de los extranjeros; pero un microbio comparado con el poder que tenía esa chica sobre él, sobre su familia, sobre todos; pues ella era la luz de la esperanza, el rocío del cariño que los pequeños y ancianos han olvidado, el confort de los desvalidos y la sonrisa perdida de todos los que habían sucumbido ante las sombras; ella era la misma vida que una vez ese lugar había perdido gracias a una guerra sin sentido. Y ahora entre los grandes brazos de Vladimir lucía tan pequeña, tan indefensa; una parte de su ser se negaba a aceptar aquellas súplicas, mientras que la otra tenía curiosidad de saber su origen, pues Inamori, a pesar de haber cambiado de nupcias, en ningún momento le faltó el respeto o hizo algo para merecer su desconfianza

