⚘Capítulo dedicado a Julieta Fuentes⚘
Elián:
—¡j***r, bro! ¿En serio te casaste con una princesa? —pregunta mi hermano menor como por octava vez desde que salimos de la casa.
Estamos en la lujosa limusina camino al palacio. Pao está completamente alucinada con todo lo que hay aquí dentro, fundamentalmente con el refresco de fresa que le dio uno de los guardias; yo estoy de los nervios y Lucien aún está anonadado, intentando procesar la noticia que le cayó como un balde de agua fría al llegar a la casa y ver tantos guardias.
Y digo “tantos” porque los dos que tocaron la puerta no eran los únicos, lo sé porque intenté fugarme. Les pedí que me dieran unos minutos para asearme y cambiarme de ropa pues no creo que al rey y a la reina le haría mucha gracia recibirme con lagañas, mal aliento y la ropa toda arrugada. Lo hice todo en cuestiones de minutos y en vez de salir por la puerta delantera, lo intenté hacer por la de la cocina junto a Seth y mi hija. Había dos guardias esperándonos ahí.
Son inteligentes los condenados, eso no lo puedo negar.
Pero eso no fue todo; cerca de la limusina había dos más y en un todoterreno n***o más atrás, pude ver a otros tres. No sé qué pensaban para necesitar tantos escoltas; tal vez se debe a que esta es la zona más baja, pobre y por consiguiente, problemática de la ciudad. No me culpen, no me gusta esta zona para vivir y mucho menos para Pao y mi hermano de diecisiete años, pero es lo más barato que he podido encontrar con mi salario en la discoteca.
No siempre fue así, hace unos años trabajé como stripper en un club nocturno, ahí la paga si era buena y las propinas mejor aún, pero debía trabajar todas las noches y eso colisionaba con mi papel de padre responsable por lo que tuve que dejarlo.
—Sí, Lucien, por octava vez, sí lo hice.
—j***r, El, tú cuando metes la pata, lo haces hasta la rodilla.
—¿Podrías callarte de una vez?
Lucien llegó justo cuando estaba a punto de subirme a la limusina. Había pasado la noche en casa de unos amigos y yo esperaba que demorara un poco más para que no tuviera que venir pues este chico es una mala copia menor mía y podría empeorar el desastre que yo intentaré arreglar, pero ni modos.
Mi hermano hace la mímica de cerrar la boca con un zíper y yo apoyo la cabeza en el espaldar. Creo que se me va a reventar.
El resto del camino lo hacemos en silencio y a pesar de que he visto el palacio en televisión, no puedo evitar alucinar al ver la majestuosidad ante mí. No es un castillo en toda su regla, es más como una mansión, muy, pero muy grande.
Uno de los guardias nos abre la puerta y un señor ya mayor, con su pelo teñido de canas y vestido en ese tipo de trajes que creo que le llaman pingüino, nos espera con una sonrisa. Amablemente, nos pide que lo acompañemos alegando que el rey nos espera. Está de más decir que esta última parte me aterra.
Antes de entrar, sacudo varias veces los pies contra el asfalto, tengo la estúpida sensación de que terminaré contaminando el palacio con la suciedad de mi barrio.
Seguimos al señor por el largo pasillo y no les voy a contar los que mis ojos sorprendidos ven porque correrían el riesgo de tener un ataque al corazón igual al que creo que estoy a punto de sufrir. Esto es alucinante y la sonrisa tonta que sé que tengo en el rostro, desaparece cuando mi supuesta esposa atraviesa una puerta cruzándose con nosotros.
No voy a negar que es guapa la condenada, pero a pesar de que lleva maquillaje, ligero en comparación al de anoche, sigue pareciendo lo que es, una niña. No tengo idea de dónde estaba mi cabeza y mi sentido común ayer.
—Dios mío, eres una cría. —Termino diciendo en voz alta mientras restriego mis ojos y jalo mi cabello, incrédulo.
Por su parte, en su vestido clásico de princesa azul oscuro hasta las rodillas, su peinado inmaculado y su porte rígido como si tuviera un palo metido ya ustedes saben dónde, me mira de arriba abajo y puedo notar la desaprobación en sus ojos. Además de princesa, tiquismiquis, lo que me faltaba. Sé que mi ropa no es la más acorde para venir al palacio, pero es una de las mejorcitas que tengo.
—¿Qué has dicho? —pregunta horrorizada.
—¿Cómo pude haberte confundido anoche con una mujer de veintitantos años? ¡Pero si tienes cara de niña!
Mi corazón late acelerado cada vez más al confirmarse mi teoría de que estoy muerto. El rey me va a matar por haber desposado a su hija y haberle arrebatado su virginidad.
¡Maldita sea!
¡Maldito idiota!
¡Maldita cerveza!
—Y tú de delincuente y no me ves quejándome. La que no sabe cómo se puedo enredar con alguien como tú, soy yo.
¿Delincuente? ¿Alguien como yo? Indignado, le pregunto a qué demonios se refiere pues su tonito no me agrada ni un poquito; sin embargo, su respuesta me gusta menos todavía.
—Tatuado, viejo, delincuente, insoportable, de mal gusto y mal besador.
—¿Mal besador? —Ja, eso no se lo cree ni ella—. Bueno, no creo que pensaras eso anoche teniendo en cuenta que solo querías hacer bebés.
La mujer a su lado, a pesar de que lo intenta, no puede evitar reír, lo mismo pasa con mi hermano, mientras Pao observa confundida nuestro tira y afloja.
—Fuiste tú quien dijo que me amaba primero.
—Tú eras la que bailaba al tubo contra la columna solo para seducirme y lejos de ser sexy parecías una papa estrellada. —Ok, creo que me he pasado un poco con esto último; la chica luce realmente ofendida.
—¿Seducirte? ¿A ti? No me hagas reír. ¿Debo recordarte que eras tú el que me quería follar contra la pared del baño?
—¡Ximena! —grita una voz femenina tras ella; su rostro palidece y la mujer a su lado endereza su postura.
Por la ropa de la recién llegada, un vestido violeta ceñido al cuerpo hasta las rodillas, unos tacones de infarto, un moño bien elaborado y una tiara, más la cantidad de fotos que he visto de ella en el periódico, sé que se trata de la reina por lo que enderezo mi cuerpo.
Mi recién estrenada esposa sale corriendo como la niña que es, dejándonos completamente a solas y sin saber qué hacer, me decanto por una reverencia. Al ver que mi hermano no hace nada, lo golpeo por las costillas logrando que se doblegue. Eso sí, me lo imagino maldiciendo para sus adentros.
Y Pao, que está en la edad en que lo imita todo, hace otra reverencia mucho más exagerada que la nuestra.
—Señorita Franchioni, acompáñelo adentro. Debo atender una llamada urgente; el rey los atenderá.
—De acuerdo, alteza.
La reina se gira hacia mí y me sonríe, si bien no es sincera, no parece la reencarnación de Maléfica.
—Solo puede entrar usted.
Asiento sin ser capaz de emitir una palabra y ella desaparece por el largo pasillo.
—¿Y esta hermosura cómo se llama? —pregunta la chica de apellido raro acuclillada frente a mi hija.
Luego de una charla sumamente infantil y ganarse la confianza de Pao, se la lleva junto a mi hermano a dar una vuelta por el palacio.
Una vez que mi nombre es anunciado y que sé que debo atravesar la enorme puerta, mi corazón retumba contra mi pecho y mis piernas se convierten en gelatina.
Reuniendo todo el valor que al parecer he dejado tras la puerta de mi casa, me obligo a entrar al gran salón. En el fondo está el rey, imponente como debe ser, sentado en su trono dorado y custodiado por dos esculturas de ave fénix, el símbolo de la realeza. En el camino puedo ver a tres de las princesas que reconozco: una es la madre de Nany...
Hija de su madre... Nany es la tía de Ximena y se las daba de su amiga. La voy a matar cuando la vea por no decir nada.
A las otras dos solo las reconozco por las noticias y frente a ellas, me sorprende ver a Alba, la Notaria que nos casó.
—Buenos días. —Me obligo a decir cuando estoy lo suficientemente cerca.
Intento pararme lo más derecho posible, con las manos sujetas detrás de mi espalda y la frente en alto. Aun así, no puedo evitar sentirme como un mendigo ante el porte y la elegancia de todos los presentes, incluso del lugar. Es más, creo que la alfombra bajo mis pies es más cara que mi casa completa.
El rey detalla minuciosamente mi presencia y yo solo puedo pensar en que me alegra no vivir en siglos pasados, si no, me mandarían a decapitar. Sudor frío corre por mi frente mientras espero su intervención, pero al ver que no llega, decido hablar:
—Alteza. —Hago la reverencia que no hice cuando entré, tal vez es eso lo que esperaba, pero al ver que sigue sin inmutarse, trago fuerte y me obligo a continuar—. Me gustaría decirle que no debe preocuparse por mí. No tengo ningún interés en la familia real, lo de anoche fue un suceso inesperado, pero estoy más que dispuesto a firmar el divorcio.
Mi voz suena más fuerte de lo que en realidad la siento, fundamentalmente, porque estoy aterrado. No lo voy a negar, el rostro imperturbable del rey y su afán de mantener silencio, me tienen de los nervios. Mi repentina boda con la princesa podría malinterpretarse de muchas formas y no me gustaría sufrir las consecuencias.
—¿Divorcio? —pregunta por fin; sin embargo, no me gusta la forma en que lo hace—. ¿De verdad cree que luego de desposar a mi hija y arrebatarle su virginidad, habrá un divorcio?
Aquí debo resaltar varias cosas: la voz fría, calmada, pero imponente del hombre ante mí; el rubor de mis mejillas al mencionarme que no solo me casé con su hija, sino que me acosté con ella arrebatándole su pureza y el trasfondo de esa pregunta, hacen que mi corazón lata acelerado, asustado ante lo que eso podría significar.
—¿A qué se refiere?
—Usted se casó con la princesa Ximena Andrea, es su esposo y lo será hasta que la muerte los separe.
—¿Qué? —pregunto en un susurro mientras mis piernas se aflojan.
Ya no sé si son los nervios, la resaca del demonio que tengo, lo complicado de la situación, lo que el rey ha dicho o todo junto, pero creo que me voy a desmayar.
Respiro hondo par de veces intentando recomponerme. ¿Su esposo hasta que la muerte nos separe? ¿Qué película de terror es esta?
—Lo siento, alteza, pero eso no puede…
—Es una orden, señor Díaz.
¿Orden? ¿En serio?
Quiero mandarlo al infierno, llamarle loco y cada uno de sus sinónimos, pero no soy tonto, eso empeoraría más la situación y ya está bastante fea así como está.
—Alteza, creo que no lo está pensando bien, yo no sirvo para ser parte de la familia real.
—Lo sé, créame que lo sé, pero parece que no se ha percatado de algunas cosas. Mi hija ha contraído matrimonio con un completo extraño y luego de sus muy efusivas muestras de afecto, todo el mundo sabe que pasaron juntos la noche. No puedo permitir esa vergüenza ni para la familia, ni mucho menos para ella.
»Además, la princesa estaba comprometida con el príncipe de Malinche, compromiso que se acabó en el momento en que esas fotos salieron a la luz. ¿Tiene idea de qué sucedería si se sabe que todo sucedió por un simple capricho, por fugarse de la casa? El país entero sufriría las consecuencias.
—Con todo respeto, alteza, la princesa se fugó del palacio y se fue a una discoteca. Yo no la conocía, solo era una chica más en ese lugar. No me puede condenar por haberla encontrado atractiva y… —Me callo pues mi comentario no parece estarle gustando y estoy bastante seguro de que sería capaz de tirarme a la cabeza lo primero que encuentre a su alcance.
—Usted es un hombre, debe asumir las consecuencias de sus actos… Le ha arrebatado lo más importante que tiene una mujer a su edad, tiene que hacerse responsable por ello.
—¿Y si no lo hago? —pregunto olvidándome del dolor de cabeza mientras me sujeto al tren del enojo; por cómo van las cosas, de aquí salgo con la vida arruinada.
—Lo hará.
—No lo creo. —Su mirada me taladra en el lugar, pero no me dejo acobardar. No es mi vida la única en juego—. Tengo una hija, alteza. Una a la que debo buscarle estabilidad y una madre y con el mayor de los respetos que tanto usted como su familia merecen, la princesa Ximena es una niña.
—Todas mis hijas han sido criadas con el temple necesario para enfrentarse a lo que sea, estoy seguro de que Ximena será una madre excelente para Paola.
Claro que sabe su nombre real.
—Ese no es el punto…
—Escúcheme bien, señor Díaz, porque no tengo el día entero para esto. —Sus palabras ponen un punto en mi boca. Está enojado—. Esto no es una negociación, usted tiene tanta culpa como la princesa en este asunto y ambos deberán atenerse a las consecuencias. Piense en lo que esto podría beneficiarle a usted, pero sobre todo a su hija y su hermano.
»El joven Lucien es un estudiante de preuniversitario y debido a su situación económica, estudia en uno de los peores del país. Por lo que pude averiguar, ni siquiera tiene intenciones de ir a la Universidad a no ser que le llegue esa beca para estudiar informática. Con usted como esposo de la cuarta princesa, logrará entrar a la mejor Universidad del país, pero si se niega, esa beca nunca le será otorgada.
Muerdo mi labio inferior y aprieto mis manos con fuerza para evitar mandarlo a la mierda y golpearlo hasta que me saquen a patadas de aquí. Me está atando de pies y mano y lo sabe.
—En cuanto a su hija… Usted sabe que la está criando en uno de los barrios más malos de este país, donde la delincuencia está a la orden del día, las escuelas no son las mejores y su trabajo en la discoteca no le da para mantenerlos a los tres en condiciones medianamente normales. Aquí, su hija lo tendrá todo, desde la mejor crianza hasta el más mínimo de sus caprichos. Estará protegida y tendrá una familia enorme que la cuidará y la amará.
»Si usted no acepta, me encargaré de que ese trabajo que los mantiene a flote a duras penas, desaparezca y con él, cualquier otra fuente de empleo que pueda ayudarlos. Usted decide, señor Díaz.
¿Saben qué es peor que el hecho de que me esté amenazando? Bueno, no creo que haya algo peor, pero por lo menos se le acerca: él sabe que hay zonas en su país que viven en condiciones precarias, donde la delincuencia, como él dice, está a la orden del día y a pesar de eso, no hace nada para arreglarlo o por lo menos, mejorarlo.
Miro a mi alrededor, la señora Mateus me observa con la pena reflejada en cada una de sus dulces facciones. Al otro lado de la habitación, la princesa Alejandra, la madre de Nany, intenta mantenerse fría, pero sé que no le gustan las palabras de su padre; a su lado, Mónica, creo que se llama… no lo sé, esta creo que sí está de acuerdo con su padre y la pelirroja a su lado, Betania, luce avergonzada.
Regreso mi atención al rey. ¿Arruinarles la vida a las dos personas más importantes en mi vida o arruinar la mía? Creo que la respuesta es obvia; pero antes de contestar, uno de los guardias se acerca al rey y murmura algo para luego regresar a su posición. El gran Sebastián se pone de pie:
—Debo irme, el rey de Malinche acaba de llegar. Nos vemos esta noche en la cena, señor Díaz.
Sin mediar otra palabra, se marcha y detrás de él, sus hijas.
—Lamento que haya terminado así —comenta la señora Mateus acercándose a mí—. Aunque no lo creas, ustedes dos se veían realmente bien anoche, en ningún momento dudé de si eran pareja.
Me gustaría decirle que le hacen falta espejuelos nuevos, pero por muy enojado que esté, no soy un grosero. En su lugar, paso mis manos por mi rostro como si de esa forma pudiera eliminar todo mi enojo y frustración.
—¿Perdió su trabajo? —le pregunto pues por una razón debe estar aquí, no puedo ser el único con tan mala suerte.
—Eso mismo pensé que pasaría cuando vi las noticias, pero han sucedido otras cosas que, supongo, han desviado la atención del rey.
—Suerte que tiene usted.
—¿Puedo hacerle un comentario sin que se moleste? —Asiento con la cabeza mientras una joven entra al salón—. No odie a la princesa, cuando digo que lucían bien, lo hago en serio. Tal vez, si se dan la oportunidad, entre ustedes termine creciendo algo hermoso. En realidad, no lo creo, estoy convencida.
—Con todo respeto, señora Mateus, lo dudo. —Sonríe.
—Ya verá… confíe en mí. Mi hija dice que soy medio bruja. —Me guiña un ojo y se aleja en el momento en que una chica, unos cuantos años más joven que yo, de piel morena y pelo largo increíblemente rizado, llega a mí.
—¿Elián Díaz? —Asiento con la cabeza—. Mi nombre es Taiga Bridget, soy la hija del mayordomo y como él está ocupado, yo le mostraré el palacio.
La chica me observa de arriba abajo varias veces y sus ojos brillan con admiración y sí, lo diré, el deseo se refleja en ellos. Creo que mi imán para las mujeres se estropeó por estar en desuso por tanto tiempo y por eso ahora atrae solo a las niñas.
La sigo en silencio hasta salir de la habitación. Es la primera mujer en este lugar que no veo en vestido, lleva un sencillo pantalón mezclilla y un pulóver n***o completando el vestuario con unos tacones que resuenan sobre el frío mármol acelerando mi dolor de cabeza.
No lo voy a negar, siempre me he imaginado cómo se vería el palacio por dentro, sin embargo, mi mente nunca se acercó. Da miedo caminar por este lugar pues da la sensación de que si pisas demasiado fuerte, el piso se agrietará, que si miras algo por más de un segundo, se hará añicos, todo parece demasiado... fino, delicado.
Los pasillos gozan de majestuosidad, con pinturas que, aunque no reconozco ninguna, supongo que son famosas y de precios ancestrales, enmarcadas en cuadros dorados que no me sorprendería si fueran de oro. El mobiliario es exquisito, creo que podría dormir cien años y levantarme entero en uno de los sofás que alcancé a ver de refilón.
—Hemos llegado —anuncia la joven captando mi atención. Estamos frente a una enorme puerta de madera con el dibujo de un ave fénix.
—¿Dónde estamos?
—En el Salón Familiar. Le contaré un poco sobre su nueva familia.
Nueva familia. Que burla.
Taiga abre la puerta y entramos a una habitación repleta de pinturas y esculturas.
—Sígueme, vayamos a los actuales, ya aprenderá del resto en las clases de historia que la señorita Franchioni le impartirá.
¿Clases de historia? j***r, ¿historia? Es la que más odio.
Nos detenemos frente a un cuadro gigante donde está el rey y la reina con sus trajes oficiales.
—El Rey Sebastián Donell Masón y su esposa, la reina Ivonne Zamora Huerta. Dos de las mejores personas que han pasado por ese trono.
Ruedo los ojos... no quiero ver los peores.
—Esta es Alejandra Isasa Ayala la esposa del expresidente Víctor Mendoza. A grandes rasgos, una mujer fenomenal, pero que no tenía alma de princesa. Es la única de todas que logró usar su inteligencia para salirse de un compromiso arreglado por su familia. Se casó con el amor de su vida disfrazándolo de una acción por el bien de su país y para eso, tuvo que renunciar a la lucha por la corona. Si me preguntas, creo que es la más feliz de todas.
Asiento con la cabeza mientras nos dirigimos al segundo cuadro.
—Janckdy Betania Talavera Villamizar, segunda princesa de New Mant y esposa de David Baltazar, un conde europeo. Una de las candidatas más prometedoras a reina...
—Espera un segundo... —La interrumpo al percatarme de algo—. No tienen el mismo apellido, de hecho, ni siquiera tienen el del rey y la reina.
La chica me mira incrédula como si hubiese dicho algo totalmente absurdo, pero tiene sentido, ¿no?
—¿No eres de New Mant? —La pregunta me confunde—. Todo ciudadano de este país debería saber el porqué de esa cuestión.
—Bueno, nací aquí, pero mis padres se mudaron a Skalar cuando era un bebé y solo hace seis años que regresé.
—Eso es tiempo suficiente para enterarte de lo más importante.
—No, si tienes que desvivirte trabajando para salir adelante. —La chica resopla.
—Déjame presentártelas y luego te explico. —Caminamos al siguiente cuadro—. Mónica Magallanes Reyes, la tercera princesa, esposa de Daniel Luna el heredero de la mayor petrolera del mundo. Una mujer decidida a alcanzar sus objetivos, en este caso, la corona y estoy convencida de que la siguiente reina será ella o Betania.
El siguiente cuadro está en blanco y eso me confunde.
—La cuarta princesa, o la que debió ser la cuarta. Murió en el vientre de la reina con tan solo ocho meses de concebida.
»Le sigue Ximena Andrea, la cuarta princesa en ausencia de la no nacida. Y tu esposa.
Resoplo. Cada vez que me acuerdo me dan ganas de golpearme hasta la muerte por idiota e irresponsable.
—Cumple diecinueve años en este mes, pero no te lo voy a negar, es una niña, odia las responsabilidades, siempre anda en las nubes o leyendo y ama las r************* aunque por ser quien es, no puede tener una cuenta propia.
»Su mayor logro hasta ahora ha sido conseguir casarse con un guaperas como tú, aunque eso le haya costado su camino a la corona. De todas formas, no tenía oportunidad contra sus hermanas. —Me guiña un ojo y pasa al siguiente cuadro.
¿Le ha costado qué?
¿Y por qué esta mujer habla tan mal de ella? O sea, hasta ahora todo lo que ha dicho de las demás princesas ha sido agradable.
—Karen Itzel Martínez Vázquez la quita en la lista. Creo que la conociste también anoche. —Asiento con la cabeza—. Esta niña vive en las nubes, su memoria es pésima y le gusta dibujar.
»Por último está Anaileth Delyalith Mendoza García, la sexta princesa. Una niña de catorce años que vive completamente en su mundo, pero es una monada.
Asiento con la cabeza. Sí que se dieron gusto con la fábrica de bebés.
—En cuanto a tu inquietud. Esta es una familia eminentemente patriarcal y demasiado aferrada a las costumbres. Desde hace siglos, está establecido que el heredero, el que debe asumir la corona, tiene que ser un hombre, pero solo hay siete intentos. O sea, la reina no puede tener más de siete hijos.
»Desgraciadamente, Ivonne no pudo dar ese heredero que la nación necesitaba, en su lugar tuvo seis princesas, pero como siempre existe la esperanza de que el ansiado niño nazca, ellas no pueden tomar el apellido real pues ese honor le corresponde, en primer lugar, al heredero de la corona.
—Lo siento, pero no entiendo nada.
—Si el primogénito hubiese sido un varón, habría adquirido el apellido real y todos los que nacieran después, lo tendrían también. Cuando en su lugar, nace una mujer, se les da un apellido diferente a cada una y solo cuando nazca el heredero hombre y asuma los apellidos reales, el resto puede adquirirlos también.
»En este caso, todas son mujeres por lo que la heredera a la corona se elegirá a través de una competencia, por decirlo de alguna manera, en la que deberán participar todas. La que gane, se convertirá en reina, adoptará los apellidos reales y luego de ella, sus hermanas.
—Eso es...
—¿Machista? —Termina por mí—. Sí. ¿Estúpido?, también. ¿Injusto? Ni se diga. Pero bueno, nosotros no somos nadie para juzgar.
—¿Dijiste que eran siete intentos? Si murió una antes de nacer, ¿por qué no lo volvieron a intentar?
—El nacimiento de Anaileth fue muy complicado y, teniendo en cuenta la edad de la reina, el médico le dijo que si lo volvía a intentar, podría perder la vida en el proceso. El rey, dado el historial femenino, decidió no arriesgarse.
—¿Y por qué nadie conoce a las menores? Si Ximena saliera en la televisión como sus hermanas mayores, justo ahora no estaría en este problemón.
—Son costumbres, señor Díaz. Ninguna princesa puede ser vista hasta que no cumpla los diecinueve. Todo comenzó hace siglos cuando secuestraron a una princesa. Tenía diez años y murió siete días después del suceso en manos de un secuestrador. Desde entonces, permanecen escondidas hasta la edad establecida.
Estúpido, ridículo, son dos de las muchas palabras que acuden a mí al escuchar semejante barbaridad.
Atónito aún, salimos de la sala familiar y por otra larga hora recorremos las demás estancias del palacio. Esto es inmenso y estoy convencido de que necesitaré un mapa para moverme aquí dentro.
—¡Papá! —grita mi hija desde lejos una vez entramos al gigante jardín y no tardo en escuchar a la joven de apellido raro con la que se marchó hace un rato, pedirle que hable en voz baja.
Pao corre a mis brazos y feliz por primera vez en todo el día, la recibo.
—¿Viviremos aquí? —pregunta eufórica y al levantar la mirada, me encuentro con la mujer que la acompañaba y mi hermano quien se encoge de hombros—. Florencia dice que la chica con la que te casaste vive aquí, que es una princesa, ¿es verdad?
Sin saber qué decir exactamente, asiento con la cabeza.
—¡Sí, qué bien! Este lugar es increíble, papá y me hace muy feliz que mi nueva mamá sea una princesa. Eso mola mucho.
Ok, tengo que pararle los pies. Su madre es Arabella, no Ximena.
—Cariño, tú sabes que tu mamá es Arabella…
—La mujer más guapa e increíble del mundo; lo sé, papá. También sé que está en el cielo con papá Dios y que a pesar de que no está aquí, me quiere mucho y me protege.
—Así mismo, preciosa.
—Pero ahora que te has casado con la princesa, ella será mi nueva mamá, ¿verdad? Y tendré tías y primos y, y, y, Florencia dijo que a lo mejor podía tener un caballo y que mis primos compartirían sus juguetes y que iré a una escuela muy bonita.
Observo a la aludida queriendo desaparecerla con solo una mirada. ¿Cómo se le ocurre decirle todas esas cosas? Es injusto jugar con los sentimientos de la niña para que influya en mis decisiones. Eso es chantaje emocional a nivel Dios. Para su suerte, luce avergonzada.
—Gracias, papá. Eres el mejor.
—¿Por qué? —pregunto con un nudo en la garganta.
—Por nada… solo por ser mi papi. ¿Yo también seré una princesa? —Sin esperar respuesta por mi parte, se voltea hacia la de apellido raro y la coge de la mano—. ¿Usaré un vestido bonito como el de la princesa que vimos hace un rato?
—Todos los que quieras.
—¡Sí! —Luego regresa su atención a mí—. Viviremos aquí, ¿verdad que sí, papá? Y seremos felices, muy felices.
—Sí, preciosa. Viviremos aquí —respondo resignado.
No tengo otra opción, ¿verdad?