🥀CapĂtulo dedicado a Yeni Peña
Karen (Reni):
—DecĂas que el amor era de dĂ©biles. Ahora es cuando tienes que demostrarlo. —Enrico sabĂa cĂłmo dispararme al centro del pecho. Era cierto, una vez lo dije y ahora me lamentaba.
—Lo matarĂ© si la toca —continuĂ© señalándolo con el dedo Ăndice—. Sabes que soy capaz de hacerlo.
—Lo sĂ©, pero iniciarĂas una guerra —añadiĂł previniĂ©ndome.
—Pues seré el primero en pelearla.
Ahora sĂ dejĂł que me marchara.
—Estás enamorado de ella… —confirmĂł aunque ya lo habĂa escuchado de mis labios antes.
—Y me culpo por ello todas las noches. IntentĂ© evitarlo y no lo conseguĂ. No pienso volver a intentarlo. Me… me gusta amarla.
—¿Sabes lo que eso significa?
Si se descubrĂa, serĂa difĂcil de solucionar. La soluciĂłn implicaba muerte y la muerte, pĂ©rdida. No me importaba morir si habĂa luchado por ella.
—SĂ… y asumo hasta la Ăşltima de las consecuencias.
Suelto el libro sobre la cama suspirando ante su perfecciĂłn mientras mi corazĂłn late emocionado por sus palabras. He leĂdo la saga “MĂrame y dispara” en incontables ocasiones y cada vez me emociono de igual manera.
Necesito un hombre asĂ en mi vida, uno que aparte de sexy como el infierno, valiente, peligroso y Dios del sexo, estĂ© dispuesto a dar su vida por mĂ. QuĂ© lástima que solo existan en los libros.
¡Te amo Cristianno Gabbana!
Suspiro enamora por no sé cuántas veces. Eso sà es un hombre, dichosa que es Kathia Carusso.
Estoy dispuesta a retomar mi lectura cuando dos toques en la puerta me interrumpen.
—¿Alteza? —pregunta la voz de Hoscariana y eso solo puede significar una cosa, se acabó mi tiempo libre, asà que mientras le pido que pase, pongo el marcador en el libro y lo cierro—. La cena está lista.
—Gracias, Hos. —Mi doncella hace una leve reverencia.
Esta chica es más dura que las paredes de este lugar. Le he dicho en innumerables ocasiones que cuando estemos completamente solas, me trate normal, le he dado suficiente confianza para eso, pero son contadas las ocasiones en las que se ha dejado llevar. Eso sĂ, es fiel a la corona; lo que le pida, sin importar lo insĂłlito o peligroso, ella lo hace. Es la mejor.
Me levanto de la cama, aliso la falda de mi vestido color anoncillo muy aburrido por lo largo y demasiado similar al resto de mi guardarropa y me siento en la banqueta de la cómoda para que ella me arregle el cabello. Es realmente buena en eso y no tarda en recogérmelo a un lado con una bonita trenza.
Una vez lista, me pongo de pie, pero antes de salir del dormitorio, veo el vestido que usé anoche en la discoteca y un suspiro de fastidio se me escapa. Envidio a Kiara y su guardarropa.
De repente, una idea cruza mi cabeza, corro hasta el closet, cojo un cinturón dorado, me lo pongo lo más ajustado posible y hago malabares para trabar la falda con él de modo que quede más corta.
—Alteza, con todo respeto, cuando su madre la vea, le llamará la atención.
—Por eso antes de entrar al comedor, te darĂ© el cinturĂłn, pero es que tenĂas que haber visto lo guapa y sexy que estaba anoche, esto no me gusta. —Señalo mi vestido y ella niega divertida.
Hoscariana no comparte mi opiniĂłn con la ropa, dice que ella adorarĂa tener al menos uno de mis vestidos, supongo que ser de una clase más baja hace que vea esto con otros ojos, pero no entiendo, porque una vez intentĂ© regalarle uno y no hubo forma humana de que lo recibiera. Pero soy testaruda como yo sola y esperĂ© a su cumpleaños, me hice la ofendida y dejĂ© de hablarle hasta que lo aceptĂł.
De igual forma nunca se lo he visto puesto.
Salimos de mi habitaciĂłn y mientras yo me dirijo al encuentro con mi familia, Hoscariana regresa a sus labores.
Camino aburrida por el inmenso pasillo atestado de lujo y a pesar de que siempre me ha gustado, hoy, después de ver la sencillez del mundo exterior, me parece demasiado ostentoso y cargado. Llego a la gran escalera que se divide en dos y bajo, como siempre, por la que está a mi derecha encontrándome con varios guardias que no sé cómo resisten estar de pie sin moverse por tanto tiempo.
Hoy me dirijo al Comedor de Gala, ese en el que se celebran las cenas más importantes. SĂ© que para mis padres esta no es una idea muy grata pues la llegada de los nuevos miembros a la familia no tiene nada de especial, pero teniendo en cuenta que el prĂncipe de Malinche, los nuevos y mi hermana Alejandra con su esposo y Nany, cenarán con nosotros, el salĂłn habitual, se queda pequeño. Por lo general, somos cinco princesas, el rey y la reina, el esposo de Betania y su hijo Lucas Joshua y el marido de MĂłnica y sus tres hijos Francisco, Liliana y Erick. Trece personas en total, pero hoy seremos veinte. Será una cena larga y aburrida.
Una ráfaga de viento frĂa me sobresalta. Unos metros a mi izquierda hay una de las grandes ventanas de cristal que dan al jardĂn, abierta, pero eso no es lo que me sorprende, sino el joven de muy malas pintas apoyado en el marco mientras se fuma un cigarrillo.
Miro a mi alrededor, no hay nadie. Como Alicia FarĂas, la jefa de personal o el señor Bridger, nuestro mayordomo, lo vean vagueando en la zona real, lo despiden de seguro. AsĂ que aprovechando mi buen humor, decido advertirle; sĂ© lo mucho que los que trabajan aquĂ necesitan este empleo. Hoscariana me lo ha dicho.
Me aclaro la garganta al llegar a él, pero ni se inmuta.
—Disculpe… —Nada—. Joven, no puede hacer eso aquà dentro. —Sin embargo, el chico no parece escucharme.
Doy otro paso cerca de Ă©l y me percato de los audĂfonos en sus oĂdos. Ok, podrá necesitar todo el trabajo que le dĂ© la gana, pero la servidumbre tiene prohibido merodear por los pasillos sin motivo alguno. Además, es una falta de respeto estar fumando aquĂ dentro y para colmo, aparte de estar vagueando, escucha mĂşsica como si no le importara quien lo pueda descubrir.
Con mi dedo Ăndice toco su hombro izquierdo y supongo que lo asustĂ©, porque da un salto y cuando se gira hacia mĂ, todo el humo que contenĂa en su boca, lo suelta en mi rostro.
—¡Maldita sea, me vas a matar de un infarto! —grita y yo solo le puedo contestar con un estornudo para nada elegante que al cogerme desprevenida, no me da tiempo a cubrirme la nariz, ocasionando que algunas gotas salpiquen su mano—. Ugh, ¡Qué asco!
—Lo siento —murmuro antes de volver a estornudar, esta vez si consigo cubrirme a tiempo.
El chico pasa su mano compulsivamente contra su ropa con una mueca de desagrado en el rostro. Es guapo el condenado, parece par de años mayor que yo, es moreno, con el pelo n***o más largo de lo que mi padre aprobarĂa en un hombre, alto y con un cuerpo bastante marcado.
—¿Acaso no sabes anunciarte? Casi me matas de un infarto —chilla de malas formas y yo levanto una ceja sorprendida. ¿Perdón?
Su mirada se posa en mĂ por primera vez y puedo notar el momento justo en el que se da cuenta de que debo ser una de las princesas y cuando pienso que se va a disculpar por sus malos modales, me sorprende resoplando.
—Genial, otra pija.
—¿Disculpa? —pregunto ofendida. ¿Pero qué se cree este imbécil?—. ¿Qué has dicho?
—¿Pija?
—¿Y quiĂ©n se cree que es usted para insultarme? —Intenta decir algo, pero lo detengo—. Escuche, no tengo ni tiempo ni deseos de discutir, pero para que lo sepa, solo venĂa a avisarle de que si lo ven aquĂ, para colmo fumando, lo despedirán. Está prohibida la estancia en estos lugares para personas como usted…
—¿Personas como yo? —pregunta cruzándose de brazos.
—De la servidumbre —contesto con la cabeza erguida—. Le estoy haciendo un favor, joven, estoy convencida de que necesita este trabajo; asà que a pesar de su mala educación y no mostrar ni una pisca de respeto ante una de las princesas de esta nación, no lo delataré. Me haré a la idea de que no he visto nada, asà que ahora, márchese de aquà y que no lo vuelva a ver.
—¿Y si no quiero?
—Tendré que llamar a los guardias y en cuestión de segundos estará de paticas en la calle.
—¿Cuál es tu nombre? —Ese “tú” me enciende. Solo las personas a las que se lo permito me pueden tutear y sin dudas este maleducado no lo es.
—No es de tu incumbencia. —Remarco el “tú”, al diablo los modales—. ¿Qué harás? ¿Te irá por las buenas o debo llamar a los guardias?
—Nah, no tengo ganas. —Y sin previo aviso, se sienta en el alfeizar de la ventana. Saca otro cigarrillo y se lo lleva a la boca para luego encenderlo—. Entonces, princesita, ¿qué edad tienes? ¿Quince, dieciséis?
—Diecisiete —murmuro entre dientes, enojándome con cada segundo que pasa.
Le da una calada a su cigarro y sin importarle que la peste a humo pueda quedar impregnada en las cortinas, lo suelta dentro de la habitación, prácticamente en mi cara.
—Te estás pasando, imbécil
—Oh, pero si la princesita sabe ofender.
—Alteza, idiota, debes llamarme alteza, en última instancia, princesa.
—De acuerdo, princesita.
—¡Ag! ¡Qué insoportable eres! —chillo aguantando las ganas de golpearlo. Sin embargo, él ni se inmuta, simplemente se dedica a pasear su mirada perezosa por todo mi cuerpo hasta posarlas en mis piernas.
—¿No crees que ese vestido es demasiado corto? Te queda muy bien, la verdad.
—Esto es el colmo —murmuro, aunque no puedo negar que a pesar de que el comentario está fuera de lugar, su mirada no luce pervertida, más bien de apreciación y eso hace que las mariposas de mi estómago revoloteen sin control—. Llamaré a los guardias.
Pero antes de darme la vuelta, una voz me sobresalta borrándole la estúpida sonrisa al niño bonito.
—¿TodavĂa no estás listo? —Me volteo y me sorprendo al ver a semejante monumento ante mĂ.
Elián, alias mi cuñado, reciĂ©n estrenado esposo de Ximena, con un traje n***o y blanco de tres piezas y su pelo finamente peinado, observa con mala cara al joven ante mĂ. A su lado, una pequeña niña, rubia, con un vestido rosado fresa, unos zapatos blancos y una bonita tiara, le sonrĂe abiertamente al idiota para luego lanzarse a sus brazos.
—¡TĂo! —chilla la nena. ÂżTĂo? Espera, Âżeste impresentable es el cuñado de Ximena? Mi padre va a poner el grito en el cielo cuando lo vea.
—Se supone que vamos a cenar, Elián, no hay forma de que me ponga un traje para algo tan trivial, la corbata me ahogarĂa. OlvĂdalo —dice con la niña en sus brazos que juega con los mechones de cabellos tras la espalda de su tĂo.
—Lucien, estoy agotado, no quiero discutir contigo. —Se voltea hacia la chica a su lado, si no me equivoco, la nueva doncella de Ximena—. Señorita, Âżcree que podrĂa llevarlo a la habitaciĂłn de antes para que se cambie?
—Claro que sĂ, señor DĂas.
Su mirada agradecida y al mismo tiempo agotada, regresa a su hermano, pero antes se cruza conmigo.
—Oh, alteza, lo siento mucho, no la habĂa visto. —Hace una reverencia.
—Oh, por el amor de Dios, cuñado, cuando mis padres no estĂ©n, llámame Reni. —A pesar de que lo intenta, no puede evitar la mueca ante la palabra “cuñado” y yo debo hacer un esfuerzo para no reĂr. Esto será divertido.
Si Ximena supiera la vida que acaba de darle a este palacio con su matrimonio, no se quejarĂa tanto.
—Dejémoslo en alteza —responde muy cordial—. Espero que mi hermano no le haya causado problemas.
Miro al mencionado quien aprieta los dientes en lo que se supone debe ser una sonrisa.
—Claro que no, soy un angelito.
Te jodiste, chico bonito.
—No, por supuesto que no, solo sopló el humo asqueroso de su cigarro dos veces en mi rostro, me ha dicho pija, no ha dejado de burlarse llamándome princesita, me ha tuteado todo lo que le ha dado la gana y para colmo, me ha dicho que mi vestido está corto y me queda bien. Eso es pasarse de idiota.
Las miradas del idiota se concentran en mis piernas y a mà no me queda más remedio que bajarme la falda. Ante las miradas asombradas de los dos hombres, me quito el cinturón y se lo lanzo a la chica nueva. Mi bonito luck se ha ido al trasto, ya tengo vestido largo.
—Ni en mi propia casa puedo andar como quiero.
—Lo siento mucho, alteza, no volverá a suceder. ¿No es asà Lucien?
—Claro que no, princesita, digo, princesa.
Un suspiro cansado se escapa de Elián y solo por él, pues supongo que toda esta situación debe estarlo sobrepasando, decido no seguir discutiendo.
—Nos vemos en la cena, eso sĂ, señor DĂaz… —Me giro hacia el idiota—. Es mejor que se arregle, el prĂncipe de Malinche, el anterior prometido de Ximena, estará presente en la cena. No puede dejar en ridĂculo la imagen de su hermano. Debe estar a la altura.
Y sin esperar respuesta de su parte, me marcho.