A las tres horas ya me estoy volviendo loca. No puedo más, es demasiado desesperante. Y como el sargento ya tiene el resto del día libre, decide traerse una cómoda silla y sentarse a un lado de mí para gritarme cuando se le de la gana, o sea que tampoco puedo relajar mi postura ni un solo segundo. —¡Enderézate! —me grita y, casi inconscientemente, lo hago. Asher tiene el grandísimo descaro de reírse— ¿Tienes hambre, Crystal? —¡Sí! —gimoteo, porque lo último que comí hoy fueron esas deliciosas galletas que la madre de Asher hizo. Y antes de eso comí huevos secos con un pedazo de pan duro. Y jugo de naranja agrio. Volteo hacia él con una tierna mirada que pretende suavizar su duro corazón— mucha hambre. Y estoy muy cansada. —Mmmm, que lastima —me da una diabólica sonrisa y se recuesta e

