POV DE SEBASTIÁN. Entro al coche y, a través del retrovisor, miro al hombre que tengo en mi asiento trasero. Le lanzo una sonrisa maliciosa porque las horas de esta miseria humana están contadas. De esta noche no pasa. Este será el último día que vea el sol. La cara del infeliz de Gaspar está roja: grita mientras está atado de pies y manos y amordazado. Pero sus intentos de pedir ayuda no se escuchan más que dentro del espacio del coche. Puedo ver su rostro lleno de horror, ya que esta vez no lo dejaré vivir. Sus ojos, inyectados en sangre, me miran suplicantes, pero mi determinación es inquebrantable. El miedo que emana de él es casi palpable, llenando el aire con una tensión que podría cortarse con un cuchillo. Retirando la mirada de ese desgraciado, la dirijo hacia Joanne, que aún se

