El vuelo de Diego aterrizó en Quito con un ligero retraso, la turbulencia sobre los Andes había sido más fuerte de lo previsto. Salió del aeropuerto con la premura de quien lleva un peso sobre los hombros, la incertidumbre de la situación con su hija lo carcomía. Tomó un taxi y le indicó al conductor la dirección del café céntrico donde había quedado con Amaia. El tráfico de la tarde quiteña era un monstruo de mil cabezas, un atasco que se extendía por las avenidas como una serpiente metálica. Cada minuto que transcurría aumentaba su ansiedad. Después de una hora que pareció eterna, llegó a su destino. Amaia ya estaba allí, sentada en una mesa junto a la ventana, con la mirada perdida en el ir y venir de la gente. Vestía un elegante traje sastre color beige que contrastaba con la palid

