El dolor físico era insignificante comparado con el tormento que desgarraba su corazón. Sus manos temblaban, su visión se nublaba por las lágrimas que luchaban por salir. El bullicio de la plaza se convirtió en un zumbido distante, como si el mundo entero se hubiera desvanecido, dejándolo solo con su dolor. —Oye, ¿estás bien? —La voz de un joven lo sacó de su trance. Bastián levantó la mirada, encontrándose con unos ojos preocupados que lo observaban. En ese momento, como si despertara de un sueño se dio cuenta de lo ridículo que debía verse: un hombre adulto, de rodillas en medio de una plaza llena de gente. Con un esfuerzo sobrehumano, Bastián asintió. Se puso de pie, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar. Con movimientos mecánicos, limpió la humedad de sus ojos, arregló su tra

