Ya llevaba un día y una noche ahí, esperando a que Bastián llegara. El tiempo parecía arrastrarse interminablemente en aquella habitación austera y sin ventanas. Sebastián había dormido incómodo en esa silla de metal frío, su cuerpo protestando con cada movimiento, pero no se había movido ni para ir al baño. Tampoco era que hubiera uno en ese lugar. La habitación era poco más que un cubículo de concreto, con una bombilla desnuda colgando del techo que parpadeaba ocasionalmente. —¿Y? ¿Puedo saber para qué me tienen en este lugar? —preguntó Sebastián, su voz ronca por la falta de uso y deshidratación. Bastián lo miró con desdén, sus labios curvándose en una mueca de disgusto. Por un momento, pareció que iba a estallar, pero logró controlarse. Respiró hondo. —Sabes perfectamente lo que hi

