Mientras se encontraba con los pensamientos perdidos, una mujer pasó sus manos por el hombro de Diego. Él giró el rostro y le sonrió, aunque por dentro sentía una mezcla de emociones contradictorias. —¿Qué haces aquí mi amor? —preguntó ella con voz melosa. Diego la miró, recordando cómo había llegado a esta situación. Se había casado hace unos meses con esta mujer americana, después de divorciarse de Amaia. En su mente, este matrimonio era simplemente un medio para lograr un fin: obtener su residencia en Estados Unidos y asegurar un futuro próspero para él y sus hijos. Sin embargo, el costo emocional de esta decisión pesaba sobre él más de lo que había anticipado. La mujer no solo era estadounidense, sino que también gozaba de una posición económica privilegiada, recursos que ahora esta

