Amaia bajó del avión, pálida y demacrada. Había viajado casi tres días; de ida y regreso, estaba exhausta por el vuelo. En el avión logró comer algo, pero todo arrojó porque con la noticia de que Diego estaba de regreso, le asentó mal. El viaje había sido una pesadilla interminable, cada minuto en el aire una tortura de ansiedad y rabia contenida. Las azafatas la miraban con preocupación, pero ella apenas podía registrar sus gestos amables. Ya fuera del aeropuerto subió al taxi y pidió que acelerara, necesitaba llegar pronto a casa y enfrentar a ese miserable. Amaia se perdió en el paisaje rural que pasaba borroso por la ventanilla. Su mente estaba fija en una sola cosa: Diego. Más de un año sin verlo, más de un año reprimiendo todo ese resentimiento. Ahora que estaba aquí sacaría todo.

