Amaia nunca había estado sentada en las piernas de otro hombre más que en las de su padre, cuando era niña, y en las de su exesposo, cuando fue adulta. Pero ahora, en un momento que parecía sacado de un sueño, se encontraba sentada sobre las piernas de Bastián, su jefe. Un hombre que durante meses había logrado perturbar sus pensamientos y provocar en ella un torbellino de emociones que la mantenía en un estado de constante ansiedad y expectativa. La situación en la que Amaia se encontraba era completamente nueva para ella. Durante toda su vida adulta, solo había conocido la intimidad con un hombre: su exesposo. Ahora, sentada en el regazo de Bastián, se sentía como una adolescente experimentando su primer amor. La familiaridad de la posición contrastaba fuertemente con la novedad de la p

