Amaia sintió un nudo en la garganta mientras observaba a sus hijos. El ambiente en la habitación se había vuelto tenso, cargado de emociones contradictorias. Con un suspiro profundo se levantó lentamente de su lugar y se dirigió hacia donde se encontraba Alesso. Al llegar junto a su hijo, se sentó al lado de él, sus ojos buscaron los de Alesso que persistentemente evitaban su mirada. Con delicadeza, extendió sus brazos y le rodeó el cuerpo atrayéndolo hacia sí en un abrazo que transmitía todo el amor y la seguridad que deseaba trasmitirle. Podía percibir la tensión en los músculos de Alesso, su respiración entrecortada y el ligero temblor de su cuerpo. —Nunca te abandonaré, mi amor —susurró, con voz quebrada, acariciando suavemente la espalda de su hijo—. Jamás podría dejarlos. Ustedes

