El sol de la tarde se filtraba por las ventanas de la elegante sala de estar, en el centro dos figuras se enfrentaban en un duelo de miradas que parecía capaz de hacer arder el aire entre ellos. Amaia, se burló ante las palabras de Diego, quien la observaba con arrogancia en su rostro anguloso. —¿Crees que bromeó? Ya quiero verte cuando ellos me elijan. Y cuando ese momento llegue, tú irás detrás de mí a suplicar —declaró Diego, su voz resonando con una confianza que rayaba en la soberbia. Amaia sintió que la sangre le hervía en las venas. Cada palabra de Diego era como un puñal que se clavaba en su pecho, recordándole todas las promesas rotas y los sueños destrozados que habían quedado atrás en su matrimonio fallido. —¿Es en serio? ¿Piensas que yo iré detrás de ti? Por favor, no me ha

