La peor traición.

2604 Words
Gianna entró a su habitación, cerrando la puerta con la espalda. Se le escapó un sollozo seco, sin lágrimas. Tiró los zapatos de tacón en la entrada y corrió hacia el baño. Se arrancó el vestido arrugado con manos temblorosas y entró en la ducha. Abrió el grifo al máximo. El agua hirviendo golpeó su piel, pero no era suficiente. Agarró la esponja y frotó. Frotó su cuello, sus brazos, sus pechos. Como si de esa manera pudiera borrar el olor a sándalo y tabaco de ese desconocido. Borrar las marcas invisibles de sus manos grandes recorriendo su cuerpo. —Fue un accidente... —susurró bajo el chorro de agua, con los ojos cerrados—. Estaba drogada. No fue mi culpa. Se repitió esas palabras una y otra vez hasta que la piel le ardió por la fricción. Una hora después, Gianna estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero en la habitación de la mansión de sus padres. El vestido de novia era una obra de arte de encaje y seda blanca. Se ajustaba a su figura como una segunda piel. Llevaba el velo puesto, cayendo como una cascada sobre sus hombros. Se veía perfecta. La novia ideal. Pero por dentro, se sentía podrida. —Eres un chiste, Gianna —le dijo a su reflejo con amargura—. Vas a jurarle amor eterno a Thomas con el cuerpo todavía caliente por otro hombre. Dos golpes suaves en la puerta interrumpieron su autoflagelación. —¿Se puede? —La voz de Thomas sonó desde el otro lado. El corazón de Gianna dio un vuelco. —Pasa... La puerta se abrió y Thomas entró. Llevaba el esmoquin n***o impecable. Se veía guapo, con esa sonrisa de niño bueno que la había enamorado hacía cinco años. Él se detuvo al verla, abriendo los ojos con admiración teatral. —Wow. Gianna, estás... estás increíble. Thomas se acercó, tomó sus manos y las besó con delicadeza. —No puedo creer que hoy por fin seas mi mujer. He esperado tanto por esto. Gianna sintió una punzada de culpa tan aguda que casi se dobla del dolor. Las lágrimas se le acumularon en los ojos. Él era tan dulce, tan perfecto... y ella lo había traicionado de la peor manera. —Thomas... —Su voz se quebró—. Yo... tengo que decirte algo. Anoche yo... Thomas le puso un dedo sobre los labios, sonriendo con ternura. —Shh. No te preocupes por nada, mi amor. Sé que estás nerviosa. Sé que Dora te sacó de fiesta y quizás bebiste un poco de más. No importa. Le acarició la mejilla con el pulgar. —Lo único que importa es que nuestras familias por fin se unirán. Eres lo mejor que me ha pasado, Gianna. Te amo. Gianna se tragó su confesión. Se tragó la verdad. ¿Cómo podía romperle el corazón en ese momento? Él la amaba. La perdonaba incluso antes de saber el pecado. Ella forzó una sonrisa, aunque por dentro se estaba rompiendo. —Yo también te amo, Thomas. Vamos a casarnos. Él le ofreció el brazo, caballeroso y triunfante. —Vamos. Todos nos están esperando. —Ve primero, ya te alcanzo. Thomas asintió y salió primero que ella. Gianna respiró profundamente, mirándose en el espejo una vez más. Se armó de valor y salió. ***** Ya estaba en el salón de eventos que estaba cercano a la iglesia donde se celebraría la boda. Ya faltaban quince minutos para que sonara la marcha nupcial. Gianna caminaba por el pasillo trasero del salón de eventos, sujetándose la falda del vestido. Quería ver a Thomas una vez más. Necesitaba mirarlo a los ojos y calmar esa náusea de culpabilidad que le revolvía el estómago, antes de caminar al altar. —Solo un beso rápido —se dijo a sí misma—. Un beso de buena suerte. Al llegar a la sala de descanso privada del novio, la puerta estaba entreabierta. Una r*****a de luz y voces se escapaban hacia el pasillo. Gianna levantó la mano para empujar la madera, pero una risa la detuvo en seco. Era una risa femenina. Aguda. Inconfundible. —Cuidado, cariño... me vas a correr el labial y Gianna se va a dar cuenta —dijo la voz de Dora, ronroneando. Gianna se congeló. El aire se le atoró en la garganta. —Me da igual —respondió la voz de Thomas. No sonaba dulce como hace un rato. Sonaba ansioso, hambriento—. Ella es tan estirada que ni siquiera notará la diferencia. Estoy harto de fingir ser el novio perfecto. El corazón de Gianna dejó de latir por un segundo. Con la mano temblando, empujó la puerta suavemente. La imagen que vio se le grabó en la retina como una quemadura. Thomas tenía a Dora acorralada contra el tocador. Sus manos no estaban quietas; una estaba en la cintura de ella y la otra se deslizaba peligrosamente por su muslo. Se estaban besando con una pasión animal, una urgencia que Thomas jamás había mostrado con Gianna en cinco años. —Thomas... —El nombre salió de los labios de Gianna como un susurro roto. La pareja se separó de golpe. Thomas se giró, pálido como un fantasma. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver a su prometida parada en el umbral, con el velo y la cara desencajada. —¡Gianna! —Thomas se limpió la boca apresuradamente, como si pudiera borrar la traición con el dorso de la mano—. No es... no es lo que parece. Estaba... ella tenía una pestaña en el ojo y... Dora, sin embargo, no se apartó. No parecía asustada. Al contrario, se alisó el vestido rojo con calma y soltó una risita cruel. —Ay, por favor, Thomas. Deja de ser tan patético —interrumpió Dora, cruzándose de brazos y mirando a Gianna con superioridad—. Ya era hora de que se enterara. —¿Enterarme de qué? —preguntó Gianna. Sentía que el suelo se movía bajo sus pies. No entendía nada. Su mejor amiga y su novio... Dora dio un paso al frente, con una sonrisa de víbora. —De que llevamos un año acostándonos, querida. ¿De verdad creíste que Thomas te amaba? Solo te soporta por el dinero de tu padre y los contactos de tu familia. Gianna miró a Thomas, esperando que lo negara. Esperando que le gritara a Dora que estaba loca. Pero Thomas bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos. —Y por cierto —añadió Dora, inclinando la cabeza con malicia—, ¿qué tal estuvo el regalo de anoche en el hotel? Los ojos de Gianna se abrieron de par en par. —¿El regalo...? —El hombre —aclaró Dora, disfrutando cada segundo—. El gigoló que contraté para que te llevaran a la habitación. Quería que te divirtieras un poco antes de atarte a este aburrido. Y de paso... tener algo con qué chantajearte si te ponías digna hoy. El mundo de Gianna estalló en mil pedazos. La trampa. El hotel. La traición. Todo había sido planeado por las dos personas que más quería. El silencio que siguió a la confesión de Dora fue espeso, venenoso. Gianna sentía que el oxígeno había desaparecido de la pequeña sala de descanso. Sus oídos zumbaban, bloqueando el sonido de los invitados que murmuraban al otro lado del pasillo, ajenos a la tragedia que se desarrollaba a pocos metros. —¿Un plan? —repitió Gianna. Su voz no sonó como ella esperaba. No hubo gritos, solo una incredulidad hueca—. ¿Me drogaste? ¿Me enviaste a la cama de un desconocido como si fuera una prostituta? Dora se encogió de hombros, con esa arrogancia que solo tienen quienes creen haber ganado la partida. —No lo dramatices, Gianna. Solo quería asegurarme de que bajaras de tu pedestal. —Dora dio un paso hacia ella, con los ojos brillando de resentimiento acumulado—. Siempre eres tan perfecta. La novia perfecta, la hija perfecta, la heredera intachable. Me enfermaba verte presumir de tu felicidad, como si te merecieras todo solo por existir. —Eras mi mejor amiga... —susurró Gianna, sintiendo cómo las lágrimas calientes empezaban a desbordarse, arruinando el maquillaje que le había llevado horas perfeccionar—. Eras mi hermana. —Y tú eras mi sombra —escupió Dora con veneno—. Siempre eclipsándome. Pero anoche... anoche fuiste solo una mujer más, sucia y usada. Y hoy, Thomas se casa contigo sabiendo que eres una cualquiera. Eso me consuela. La furia estalló en el pecho de Gianna, caliente y violenta, desplazando la tristeza. No lo pensó. Fue un instinto primario. Su mano voló por el aire. ¡Plaff! El sonido de la bofetada resonó seco y brutal en la habitación. La cabeza de Dora giró hacia un lado por la fuerza del impacto. Una marca roja, con la forma perfecta de los dedos de Gianna, comenzó a florecer en su mejilla pálida. Dora soltó un grito ahogado y se llevó la mano al rostro. —¡Estúpida! —chilló Dora, levantando la mano para devolver el golpe. Pero antes de que pudiera tocarla, Thomas se interpuso. Gianna esperó que él la defendiera. Esperó que él, su prometido, su pareja de cinco años, sacara a esa mujer de la habitación. Pero Thomas no empujó a Dora. Thomas empujó a Gianna. La sujetó por los hombros con fuerza, casi sacudiéndola, y la obligó a retroceder. —¡Basta, Gianna! —gritó él. Su rostro, habitualmente suave y amable, estaba contraído por la ira. Pero no ira hacia la amante, sino hacia la novia—. ¡Contrólate! ¡Estás histérica! Gianna se soltó de su agarre como si él quemara. Tropezó hacia atrás, chocando contra una mesa llena de arreglos florales. —¿Que me controle? —Gianna lo miró, horrorizada. Era como estar viendo a un extraño usando la piel del hombre que amaba. —Thomas... ella me drogó. Ella se está acostando contigo. ¡Acaba de admitir que llevan un año juntos! ¿Y la defiendes a ella? Thomas se pasó la mano por el cabello, exasperado. Miró a Dora, comprobando si estaba bien, y luego volvió sus ojos fríos hacia Gianna. —Dora tiene razón en algo, Gianna. No eres una santa. —Thomas se ajustó la pajarita, recuperando esa compostura fría de hombre de negocios—. Sé lo que pasó anoche. Sé que no llegaste a dormir a tu casa. Dora me contó el detallito del hotel. Así que bájale a tu dignidad ofendida. Ahora estamos a mano. Tú me engañaste anoche, yo te engañé antes. Empate. Gianna sintió ganas de vomitar. La náusea subió por su garganta, ácida. —¿Empate? —preguntó ella con un hilo de voz—. ¿Crees que esto es un juego? Thomas, se acabó. No hay boda. Voy a salir ahí y voy a decirle a todo el mundo quién eres en realidad. Gianna se dio la vuelta, decidida a cruzar la puerta y cancelar la farsa. —No te atrevas —la voz de Thomas sonó baja, peligrosa. Gianna se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. —Mi empresa necesita esta fusión —dijo Thomas rápidamente, hablando a su espalda—. Sabes que los negocios de mi padre están en crisis. Necesitamos el capital de tu familia, Gianna. Si sales ahí y cancelas esto, nos arruinas. Y no solo a mí. Piensa en el escándalo. Las fotos de ti ebria y derrapada en una habitación de hotel... Dora se aseguró de tener pruebas. Si cancelas la boda, esas fotos se filtran mañana. Gianna se giró lentamente. Thomas la miraba con una mezcla de súplica y amenaza. —¿Me estás chantajeando? —preguntó ella, incrédula. —Estoy siendo práctico —respondió él, extendiendo las manos—. Míralo fríamente. Tú mantienes tu reputación de niña buena, yo salvo mi empresa. Viviremos en casas separadas si quieres. Tendrás tu tarjeta de crédito sin límite, tu estatus social. Solo tienes que salir, decir sí, acepto y sonreír para las fotos. Es un contrato, Gianna. El amor... el amor es para los cuentos de hadas. Dora, desde el rincón, soltó una risita burlona mientras se retocaba el labial rojo frente al espejo, como si la bofetada nunca hubiera ocurrido. —Hazle caso, querida. Es tu mejor opción. A menos que quieras que todo Nueva York vea lo bien que te lo pasaste con el gigoló. Además... —Dora miró a Thomas con posesividad—, yo no tengo problema en compartirlo. Él siempre vuelve a mí de todos modos. Gianna miró a la pareja frente a ella. El hombre cobarde que priorizaba el dinero sobre la lealtad. La amiga envidiosa que disfrutaba de su dolor. Algo se rompió dentro de Gianna en ese instante. Fue un sonido silencioso, como un cristal estallando en su alma. El dolor agudo, el llanto y la desesperación se evaporaron de golpe, dejando en su lugar un vacío frío y oscuro. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, con cuidado de no correr el rímel. Respiró hondo. Enderezó la espalda. Levantó la barbilla. Cuando volvió a mirar a Thomas, sus ojos ya no eran los de la chica enamorada. Eran dos pozos de hielo. —Tienes razón, Thomas —dijo Gianna. Su voz era firme, carente de emoción. Thomas parpadeó, sorprendido por el cambio repentino. Dora dejó de sonreír, frunciendo el ceño con desconfianza. —¿La tengo? —preguntó él. —Sí —Gianna alisó la falda de su vestido de novia—. El escándalo sería terrible para ambas familias. Mis padres no se merecen esa vergüenza. La fusión es importante. Thomas soltó el aire que contenía, sonriendo con alivio. Se acercó a ella, recuperando su arrogancia. —Sabía que eras una chica inteligente, Gianna. Sabía que entrarías en razón. —Intentó tocarle el brazo, pero ella se apartó sutilmente—. Esto es lo mejor. Madurar es aceptar que el matrimonio es un negocio. —Exacto. Un negocio —repitió ella. Gianna se giró hacia el espejo. Se limpió una pequeña mancha de rímel bajo el ojo. Se colocó el velo sobre el rostro, ocultando su expresión tras la delicada tela blanca. —¿Estás lista? —preguntó Thomas, ofreciéndole el brazo de nuevo, como si los últimos diez minutos de insultos y revelaciones no hubieran existido. Dora se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos, esperando ver la derrota final de Gianna. Esperando verla caminar al matadero con la cabeza gacha. Gianna miró el reflejo de Thomas en el espejo. Vio al hombre débil y patético que era. Y sonrió. Una sonrisa que el velo ocultaba, una sonrisa afilada como una navaja. —Sí —dijo Gianna, dándose la vuelta y tomando el brazo de Thomas—. Estoy lista. Vamos a salir de esto de una vez más. —Esa es mi chica —dijo Thomas, orgulloso de su manipulación. Gianna no dijo nada más. Caminaron hacia la puerta. Thomas creía que había ganado. Creía que tenía a la esposa trofeo y el dinero asegurado. Creía que el miedo al escándalo había domesticado a Gianna. No tenía ni idea de lo que le esperaba, porque mientras Gianna cruzaba el umbral hacia donde estaba la iglesia, Gianna no estaba pensando en la boda. Estaba pensando en la venganza. Iba a caminar por ese pasillo, iba a dejar que todos la vieran, y luego... iba a prenderle fuego a todo el mundo de Thomas, justo delante de sus ojos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD