Sus dedos presionaron la tela del vestido, palpando la firmeza del útero, midiendo la altura, la forma. Gianna contuvo la respiración, paralizada. Rosella solo había tenido una hija. Un embarazo. Pero había vivido rodeada de mujeres, de amigas, de cuñadas. Conocía la anatomía femenina mejor que cualquier ginecólogo. Rosella retiró la mano y miró a Gianna a los ojos. Su mirada era de una claridad aterradora. —Eso no son dos meses y medio, Gianna —sentenció Rosella—. Eso son tres meses y un poco más. Quizás doce o trece semanas. El útero ya ha subido por encima del hueso pélvico. Gianna sintió que la sangre se le iba de la cara. —Mamá... cada cuerpo es diferente... —No me insultes —cortó Rosella—. Sé contar. Y sé biología. Si estás de tres meses y medio... eso nos lleva atrás. Nos ll

