Thomas apretó los puños a los costados. Las piernas le temblaban tanto que las rodillas le chocaban. Apenas podía mantenerse en pie contra la pared. —¿Qué quieres para que no me denuncies? —preguntó Thomas. La derrota absoluta aplastó su voz. Su arrogancia se había evaporado como el humo. Solo quedaba el pánico a la cárcel. —Quiero que desaparezcas para siempre y renuncies a tu reclamo sobre la paternidad, custodia, patria potestad que pudieras tener sobre el hijo de Gianna —sentenció Luciano. Luciano levantó la mano izquierda y miró su costoso reloj de pulsera suizo. —Son las cuatro de la tarde. Tienes exactamente dieciséis horas de libertad. Mañana, a las ocho de la mañana, la corte abre sus puertas principales. Tu abogado estará en la entrada esperando. Presentará un documento f

