El silencio regresó a la sala de ecografías. El doctor Evans no habló. Gianna tampoco. Solo el altavoz de la máquina emitía sonido. Bum-bum-bum... bum-bum-bum. Dos ritmos. Dos vidas. Una cacofonía perfecta latiendo en la penumbra. Gianna miró la pantalla. Las dos manchas blancas parpadeaban con una rapidez frenética. Abrió la boca para hablar. No salió ningún sonido de su garganta. El aire se atascó en sus pulmones. Se llevó las dos manos libres a la cara. Sus dedos pálidos temblaban sin control. Lloró. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Mojaron la piel. Mojaron sus nudillos apretados. Lloró con una fuerza física que le sacudió el pecho entero. No era miedo. Era un alivio aplastante. Un golpe de realidad brutal. El terror de las últimas tres semanas se deshizo en ese instante.

