Luciano no vio a Thomas Vane en esa niña. Luciano vio su propia sangre. Vio la historia de su familia. —Ella —dijo Luciano en voz alta. Su voz sonó ronca en el quirófano—. Tiene los ojos azules como mi tío Arthur, aunque ella tiene exactamente el mismo tono azul de tu madre. Gianna soltó un sollozo ahogado. El alivio masivo le quitó la poca fuerza que le quedaba. Las lágrimas resbalaron por sus sienes hasta las orejas. Luciano conocía su propio árbol genealógico. Luciano no era un idiota cegado por los celos irracionales. Sabía que los genes recesivos existían en los Sterling y en los Moretti. Había aceptado a esa niña desde el segundo uno en que la sostuvo. Luciano se giró. Caminó hacia la cabecera de la cama obstétrica con la niña en brazos. Se inclinó sobre Gianna. Acercó a la

