—Debería importarte. No trabajo para tu padre. No le debo dinero a tu familia. Y no te tengo el más mínimo respeto. Zian se giró hacia la barra. Cortó el contacto visual. El camarero estaba pálido frente a ellos. Sostenía la coctelera en el aire. Sus manos temblaban. Había presenciado todo. —Un whisky. Solo —ordenó Zian. Luego señaló con la cabeza hacia Siena, sin mirarla. —Y dale su martini a la señorita. Está muy alterada. Siena apretó los puños a los costados de su vestido. Las uñas se le clavaron en las palmas de las manos. —No estoy alterada. Estoy asqueada. Eres un arrogante infeliz. —Y tú eres una niña malcriada jugando a ser letal en un mundo de hombres. Siena dio un paso al frente. Iba a gritarle. Iba a perder la compostura por primera vez en años y destruir a ese tal Al

