Y antes de que Gianna pudiera protestar o argumentar que podía caminar perfectamente, Luciano se inclinó y, con un movimiento fluido y sin esfuerzo aparente, la levantó en brazos. Gianna soltó una pequeña exclamación de sorpresa y, por puro instinto, rodeó el cuello de él con sus brazos para sostenerse. —Luciano, ¿qué haces? ¡Bájame! Puedo caminar. —Podrías —concedió él, caminando hacia el ascensor privado con ella en brazos como si no pesara más que una pluma—, pero no deberías. Hoy has marchado lo suficiente. Has conquistado un imperio. Las reinas no caminan cuando están cansadas; son llevadas. Gianna debería haberse sentido ofendida por la demostración de fuerza, debería haber exigido que la bajara para mantener su independencia. Pero la verdad era que estaba exhausta. Y se sentía t

