El beso no comenzó como el anterior, aquel primer contacto exploratorio en el sofá. Este nació consumido, un incendio forestal que no necesitaba chispa porque ya ardía latente en cada mirada, cada roce accidental, cada palabra intercambiada en los últimos días. La boca de Luciano encontró la de Gianna con una certeza absoluta, y ella respondió con igual voracidad, abriéndose a él como un pergamino que solo sus labios podían descifrar. Sus manos, que hasta entonces habían estado ancladas a sus hombros, se deslizaron hacia su cuello, sintiendo el rápido latido de su pulso bajo su piel. Él emitió un sonido bajo, gutural, de aprobación, y una de sus manos abandonó la cama para enredarse en su cabello, los rizos castaños derramados sobre la seda gris. El contraste, la oscuridad del lienzo

