Luciano no respondió de inmediato. Se aflojó el nudo de la corbata y caminó hacia ella, rodeando el escritorio como un lobo que ha arrinconado a su presa. —Intenté trabajar —confesó él, su voz bajando a un gruñido ronco—. Me senté en mi oficina. Revisé los informes. Grité a un par de abogados. Pero no podía concentrarme. Se detuvo a un paso de ella, invadiendo su espacio personal. Gianna podía oler su colonia, mezclada con el aroma de la ciudad y su propio calor corporal. —¿Por qué? —susurró ella, hipnotizada por la oscuridad de sus pupilas. —Porque no dejaba de pensar en ti —dijo él, brutalmente honesto—. En cómo te veías esta mañana en mi cama. En cómo te veías anoche con ese maldito vestido rojo. En cómo te reíste cuando viste la foto de Thomas. Luciano extendió la mano y agarró la

