Luego bajó la cabeza. Su boca encontró el centro mismo de su placer con una precisión devastadora. No fue un beso suave, sino un festín. Un asalto total a sus sentidos. Su lengua era implacable, lamiendo, succionando, trazando círculos rápidos y luego lentos, aprendiendo cada temblor, cada cambio en su respiración. Gianna ahogó un grito en la almohada, sus caderas moviéndose en un ritmo instintivo y frenético contra su rostro. Una mano de él se entrelazó con la de ella en la sábana, apretando con fuerza, mientras la otra se deslizaba por su muslo interno, abriéndola aún más, exponiéndola por completo a su ataque sensual. —Ahí… ¡Dios, Luciano, ahí! —jadeó ella, un hilo de razón que se deshilachaba rápidamente. Él respondió intensificando su atención, añadiendo la presión suave de un

