—Hola, mamá —dijo. Su voz salió sorprendentemente firme. Gélida. Controlada. —¡Gianna! ¡Hija mía! —La voz de su madre estalló en el auricular, aguda y al borde de la histeria—. ¡Gracias a Dios contestas! ¿Dónde estás? ¿Estás en el ático? Estamos viendo las noticias... todos los canales... ¡Es horrible! De fondo, se escuchaba el ruido de la televisión a todo volumen y los pasos pesados de su padre caminando de un lado a otro. —Estoy en la oficina, mamá —respondió Gianna, caminando de regreso hacia el ventanal, dándole la espalda a la tablet—. Trabajando. Como un día normal. —¿Trabajando? —Su madre sollozó—. ¿Cómo puedes estar trabajando con lo que está pasando? ¡Todo el mundo habla de eso! ¡Ese... ese animal te ha humillado ante todo el país! Tu padre está furioso, Gianna. Está buscando

