Luciano extendió la mano y, con una delicadeza sorprendente, le apartó un mechón de cabello que se había soltado de su peinado perfecto. Su toque fue eléctrico, enviando una corriente por la nuca de Gianna. —Te ves peligrosa cuando hablas así, Sra. Sterling —murmuró él, bajando la vista a sus labios y luego volviendo a sus ojos—. Te sienta bien el poder. Te hace brillar. Gianna sintió que el rubor subía a sus mejillas, pero no por vergüenza. La mirada de Luciano era pesada, cargada de una admiración que rozaba el deseo. Durante cinco años, Thomas le había dicho que era demasiado intensa, demasiado controladora, demasiado "difícil". Luciano la miraba como si su intensidad fuera lo más atractivo del mundo. —Me sentí... —Gianna buscó la palabra adecuada, dudando—. Me sentí viva. Y eso me

