El sol de la mañana se colaba por los ventanales de la imponente sala de reuniones, inundando el cuarto con una luz que parecía demasiado pura para albergar la tormenta que estaba a punto de desatarse. Alexander y Mariana llegaron temprano, caminando con paso firme pero cauteloso, como si la calma que precede a la batalla tuviera conciencia de su inminencia. Los nervios se escondían detrás de sus miradas, pero ninguno parecía dispuesto a mostrar vulnerabilidad. Al entrar, encontraron a Amapola sentada sola en un sillón de piel, cruzando las piernas con un aire indiferente y una expresión que desafiaba cualquier intento de acercamiento. Solo con verla, Mariana sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, como si aquel lugar, por un momento, se hubiera vuelto una trampa. —Hola, Amapol

