Después de aquella inolvidable y apasionada experiencia en la playa de Tokio, Mariana y Alexander decidieron regalarse un viaje especial bajo un cielo de infinitas estrellas. Se aventuraron hacia las montañas, buscando un refugio cercano al cielo, y encontraron un mirador oculto donde el firmamento se desplegaba en un espectáculo celestial sin igual. Se tendieron juntos sobre una manta suave, sus cuerpos rozándose al ritmo del viento fresco, mientras contemplaban el infinito cosmos que parecía susurrarles secretos antiguos. La luna, pálida y vibrante, iluminaba sus rostros con un resplandor casi mágico, envolviéndolos en una atmósfera de intimidad que robaba el aliento. En ese instante sagrado, Mariana entrelazó sus dedos con los de Alexander y le acarició la mano con una delicadeza que e

