La noche los envolvía con un manto de estrellas mientras ellos se perdían en el jardín, rodeados por el susurro de la naturaleza que parecía cómplice de su pasión creciente. —Mariana, cada vez que te miro, mi cuerpo arde y se excita al límite por dentro, deseo hundirme en ti sin miedo, dominar cada centímetro de tu piel —susurró Alexander, con una voz ronca y llena de ansias. Mariana se acercó a él con una sonrisa traviesa, sus dedos recorrieron el contorno de su pecho. —Hazme tuya, Alexander… Quiero sentir tu fuerza, percibir cómo me exploras una y otra vez, hasta que mi cuerpo grite tu nombre. Él tomó su rostro entre las manos y la besó con hambre, la lengua buscando la suya, explorando cada rincón con una inmediatez casi voraz. La pasión se desbordó en cada roce, cada caricia se torn

